A N T E C E D E N T E S   :    G R A N D A

El primer paso para elaborar el proyecto del camarín de la Basílica de la Archicofradía consistió en un análisis de contexto, basado en informaciones facilitadas por los propios comitentes y en la observación directa durante nuestros desplazamientos a Málaga. Partimos de una situación en la que se pretende el objetivo de ubicar las Sagradas Imágenes “en camarines separados y centradas verticalmente”. Esta condición responde a un compromiso previo adquirido con los hermanos, pero coincide con la opción más idónea, a nuestro juicio, para resolver el planteamiento actual.

La historia de la institución constituye una destacada fuente de información que puede y debe figurar en el programa iconográfico del retablo, para personalizarlo y, a la vez, testimoniarlo a las generaciones futuras.  El Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Esperanza se presentarán al culto diario de acuerdo a su condición de imágenes cimeras en la piedad popular de la ciudad; y el conjunto final no podrá interpretarse sin la presencia exclusiva y única de sus propias advocaciones combinadas, y no otras.

Son precisamente estos factores los que han determinado nuestro proyecto, prevaleciendo sobre otros como la diversidad de estilos en la morfología de cada imagen. Finalmente, el carácter barroco e integrador del retablo se sirve de la limpieza de líneas de este templo para reforzarse; aplicamos un intencionado criterio expositivo que no interviene en la simplicidad decorativa de las naves a fin de orientar la atención hacia las figuras de Cristo y de su Madre.

Proponemos erigir un retablo abierto, que no clausura el espacio absidal, sino que lo organiza. Las características de la Basílica aconsejan estructuras aéreas que permitan mantener toda la visión posible de las dimensiones reales del templo sin afectar a su amplitud. Se trata de una concepción clásica que, sin embargo, permite apreciar de cerca las huellas de nuestro tiempo; un relicario de perfil mixtilíneo recortado sobre la cabecera del recinto sagrado, que acoge algo sublime y digno de  veneración.

En la memoria de calidades se hallan rasgos de una obra singular. Los materiales básicos serían ónice, plata y oro; con la concurrencia de relieves broncíneos, esmaltes a fuego y maderas nobles en piezas concretas. La propiedad traslúcida del ónice aporta suaves matices luminosos que generan calidez y solemnidad; el resto de los materiales se hallan en proporción tal que nada adquiere protagonismo sobre el presbiterio y los Titulares de la Basílica. En cuanto a los paramentos posteriores que cierran el ábside, actualmente cortinados, recibirían tratamiento decorativo estucado a fin de dotarlos de acabado similar al mármol y armonizar con la fábrica que le antecede.

Puesto que cada imagen posee acusadas connotaciones propias, el programa iconográfico tendría dos lecturas, una ascendente de los fieles hacia Dios y otra descendente desde el Altísimo hasta el mundo; de esta manera se establece el principio básico del hecho religioso, con la comunicación oracional -de ida y vuelta- entre la comunidad celebrante y la divinidad, en la cual, la imagen sagrada jugaría un papel catequético clave.

En la primera, que la Virgen de la Esperanza tenga el Sagrario delante es de gran coherencia. Ella, anunciada por el Ángel, fue la primera custodia; desde un punto de vista litúrgico posee un sentido completo. María es puente de amor que nos conduce hacia Dios, intercesora por nosotros ante su Hijo. Al elevar la mirada hacia el Nazareno hallamos a su Madre en el camino y vamos a Jesús por María.

En la segunda, el Hijo de Dios se sitúa próximo a una visión celestial, allí donde parece adelantarnos la plasmación de su victoria desde la Cruz cuando todo aún no se ha consumado. Su perfección, ajena al dolor, anticipa una esperanza firme de redención. En el descenso de su gloria, para hacerse presente en el altar, ahora contemplamos a María y, al igual que San Juan, la recibimos como Madre nuestra.

El presbiterio no precisa reordenación, ya que permanecen ocupando el mismo lugar sus elementos fundamentales: altar, sede y ambón; no obstante, la nueva decoración obliga una adecuada armonización en sus calidades. El Sagrario y los seis grandes candelabros que lo flanquean permanecen, así como la umbrela y la cruz; todo ello, junto con los revestimientos que posee la mesa de altar, hace poco aconsejable la incorporación de nuevos elementos que entren en competencia.

La imagen de la Virgen de la Esperanza aparecerá identificada por una filacteria con el pasaje bíblico que da sentido a su advocación, escrito en latín: “Concebirás y darás a luz un hijo” Lc 1, 31

El Nazareno del Paso se define con el versículo del Evangelio que se proclama el 1 de enero, también en latín: “le pusieron el nombre de Jesús” Lc 2, 21. Va flanqueado por dos representaciones, a derecha e izquierda; la Circuncisión, y el Bautismo en el Jordán, porque son los momentos concretos en los que hay referencias directas a la imposición del Nombre, una según el rito judío, la otra según el cristiano. Los símbolos que rodean a Cristo tienen un carácter más letífico que pasionista como alusión a la vigencia de la antigua advocación original, con claras connotaciones infantiles.

Entre los elementos históricos o propios de la piedad popular hacemos referencia al origen de la Archicofradía y su relación a perpetuidad con la Orden de Predicadores y su Prior; a la secular vinculación con la Cátedra de Pedro y el carácter pontificio que corresponde a una Basílica; a la taumaturgia que la tradición ha recogido, a algún signo tradicional malagueño, y, en fin, a los elementos más populares que en la actualidad identifican a la Archicofradía.

La embocadura del camarín de la Virgen aparece recorrida por un friso continuo de romero en flor -la tradición de la alhucema- interrumpido por el ancla y la azucena, pureza virginal y esperanza de salvación.

En el del Cristo aparece la iconografía del Santo Rosario, la otra gran devoción dominica. Así, las habituales ovas decorativas en este tipo de espacios, se transforman en cuentas, donde cuatro de las correspondientes a los Padrenuestros son medallas con pontífices y la quinta corresponde al propio Santo Domingo de Guzmán, con la inscripción “Laudare, Benedicere, Praedicare”, que define el carisma de los Predicadores, ocupando el centro de la base frontal del camarín. Este conjunto se cierra con una cruz latina que pende figuradamente en el espacio que media entre los dos camarines,  y cuyo interior albergaría una reliquia del propio fundador de la Orden.

Juan Antonio Medina Rojas
Granda. Talleres de Arte

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