H E R Á L D I C A    D E    L A    A R C H I C O F R A D Í A

La heráldica cofrade es un capítulo de la eclesiástica y, en ambas, como en la heráldica civil, el sello, utilizado para autenticar documentos, históricamente aparece siempre antes que el blasón, adoptando éste emblemas que ya se utilizaban en aquel.
Los dos primeros sellos de esta archicofradía que conocemos no contienen ningún escudo, limitándose a utilizar en el centro de la leyenda con el título de la archicofradía una simbología tópica y en modo alguno identificativa. En el primero de ellos, que existía en 1886, figura el consabido JHS sumado con una cruz potenzada. En el otro, que data de los primeros años del siglo XX aparece una cruz fileteada cimando el monograma de María.

A partir de 1921 en que Alfonso XIII acepta el nombramiento de hermano mayor honorario de la archicofradía y le concede el título de Real se empieza a utilizar por ésta en su sellos y membretes las armas del rey. Con independencia de las circunstancias históricas en virtud de las cuales las cofradías empezaron a utilizar símbolos de la monarquía en sus blasones, quizás no éste de más recordar aquí que en la España de los primeros años del siglo XX, como sucede hoy todavía en Holanda e Inglaterra, muchas entidades y aun firmas comerciales ostentaban el escudo del soberano por el mero hecho de poseer el título de Real o ser proveedores de la Corona.

Así la archicofradía utiliza indistintamente durante toda una década un escudo unas veces partido y otras veces cuartelado de Castilla y León (que desde Alfonso XII no era ya el escudo del rey ni del reino pero que se usaba indebidamente por inercia), u otro cuartelado de Castilla y León, Aragón y Navarra con la granada en punta y el escusón de Borbón orlado y timbrado en ambos casos del Toisón de Oro y la corona real, respectivamente.

Este escudo, de indudable prestigio, tenía el grave inconveniente de no ser propio y no contener símbolos que identificaran a la archicofradía. De esta manera comenzó su evolución incorporando una simbología más próxima e individualizante. En 1927 aparece ya en los muros exteriores de la capilla un escudo realizado en cerámica donde, con unos esmaltes incorrectos, figura el campo jironado y la cruz de santo Domingo con las armas reales como escusón. Este mismo escudo, aunque mejor proporcionado, estaba también bordado en las capas de los nazarenos en aquella época.

En 1940 el escudo empieza a tener una apariencia muy próxima a la actual, con el campo jironado y la cruz de los Predicadores orlado de la corona de espinas y acolando las anclas de oro puestas en aspa, timbrado el conjunto la corona real. Esta sobria y equilibrada composición, en la que los símbolos no se reiteraban, ha llegado casi a nuestros días. Desde hace una década recuperó el escusón con la armería del rey de España y el collar del Toisón de Oro.

El campo jironado en plata y sable es una referencia clara a la Orden de Predicadores que usa este fondo heráldico con los colores blanco y negro de su hábito, símbolo respectivamente de la pureza y la mortificación. Acertadamente la archicofradía que se fundó y tuvo su sede hasta la Desamortización en un convento dominico, incorpora estos esmaltes a su emblema como símbolo de esta vinculación, mantenida después de 1836 por la denominación de su parroquia a la que recientemente han vuelto los frailes de santo Domingo.

La cruz de santo Domingo, es uno de los distintivos utilizados por los Predicadores que usan en otras ocasiones un escudo de plata mantelado de sable que parece sugerir su propio hábito. Las estrellas puestas del uno al otro, son otro símbolo dominicano, cuya representación correcta es con ocho puntas.

San Pablo dice, refiriéndose a la esperanza que la "tenemos con segura y firme ancora de nuestra alma". Desde una época muy temprana el ancla fue en nuestra religión el símbolo de la esperanza y aun, junto con el pez, el emblema de los cristianos en las catacumbas romanas de san Calixto ya que su representación estilizada encubría la cruz. El apóstol, naufrago en su cuarto viaje, conocía muy bien la utilización de las anclas y su discípulo san Lucas que debió escuchar de su propia boca la odisea de la navegación de Creta a Malta, alude repetidamente a ellas en el capítulo 27 de los Hechos de los Apóstoles.

Pérez Rioja insiste en el ancla como símbolo cristiano de la Esperanza y sostiene que el color verde proviene en cambio de la simbología pagana de la Spes, única deidad que quedó en la caja de Pandora.

Hay constancia de la utilización del ancla como símbolo distintivo en la archicofradía del Paso y la Esperanza al menos desde el siglo XVIII, estando grabada a buril en el remate de plata de un guión fechado en 1790. En la fotografía más antigua que se conserva de la Virgen en el trono puede distinguirse también el áncora tanto en la saya como en la corona.

Impuesta a Cristo como parodia de la corona de rosas de los emperadores romanos, la corona de espinas ha constituido siempre el símbolo de la Pasión –y aun de la crucifixión- del Redentor. De aquí su adopción por numerosas hermandades para indicar su carácter pasionista. En el escudo del Paso y la Esperanza no aparece hasta los primeros años cuarenta cuando por circunstancias políticas se prefiere prescindir del collar del Toisón de Oro y se recurre a la corona de espinas para rodear el escudo. Desde 1984 vuelve a compartir la orla con el collar que constituye, la condecoración más importante del reino pero, como símbolo preferente, ocupa el interior de acuerdo con las leyes heráldicas.

Como ha señalado el marqués de la Floresta, los reyes de España han utilizado indistintamente dos escudos diferentes: el grande o propio que comprende las armas de los territorios dinásticos (Borbón-Anjou, Castilla y León, Aragón, Granada, Sicilia, Jerusalén, Austria, Flandes, Borgoña, Tirol, Brabante, Parma y Toscana) y el escudo pequeño: cuartelado de Castilla, León, Aragón y Navarra con la granada y el escusón de Borbón-Anjou. Este último escudo se ha venido utilizando como el oficial, convirtiéndose así en el del reino desde el advenimiento del régimen constitucional en el siglo XIX, mientras que el primero se ha reservado como las armas personales del monarca.

Queda dicho como la concesión del título de Real en los años veinte del siglo XX se interpreta por la archicofradía, siguiendo el criterio de la época, como la facultad de utilizar las armas propias del rey de España. Con el paso del tiempo, y en un lógico deseo de que el blasón individualizara a la hermandad se incorporaron otros símbolos de identidad, necesariamente religiosos, quedando un tanto diluidos los reales.

De esta manera las armas de la Casa real quedaron como un escusón (escudete) en el centro del escudo, lo que en heráldica se denomina sobre el todo. Como estas armas se corresponden con las de la época de Alfonso XIII, proponemos incorporar a las mismas, conforme ya se hacía entonces, las de Jerusalén, otro de los territorios históricos de nuestra monarquía que habían desaparecido del escudo de los reyes de España después de Carlos I y que Alfonso XIII volvió a incorporar con objeto de no duplicar las de Aragón.

La Insigne Orden del Toisón de Oro fue creada en 1429 por Felipe III el Bueno, duque de Borgoña, teniendo siempre un carácter familiar y dinástico, independiente de la soberanía del ducado que permitió a nuestros reyes de la casa de Austria heredarlas de sus antepasados los fundadores. De esta orden, unos de los títulos honoríficos más preciados del mundo, es soberano a título personal, el rey de España cuyas armas, con muy contadas excepciones, ha orlado siempre el collar, máxima insignia a su vez de la orden. Por las razones antes ya apuntadas pasó la heráldica de la archicofradía en 1921.

Símbolo por excelencia de la realiza la corona de ocho diademas timbra el escudo de la archicofradía. Para Cirlot "la corona de metal, la diadema y la corona de rayos son también símbolos de la luz y de la iluminación recibida". En este sentido, y concorde con la concepción de la realeza en el Antiguo Régimen, este atributo subrayaría el "por la gracia de Dios" que legitimaba al soberano.

CARLOS ISMAEL ÁLVAREZ GARCÍA

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