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H I S T O R I A
El Paso y la Esperanza:
1567 - 1890
El culto a las imágenes dentro del catolicismo fue muy temprano, pese a las controversias de los primeros tiempos, influidos por la tradición judía. El universo católico se decantó hacia fórmulas próximas a la tradición greco-romana y la representación de la divinidad pasó desde formas alfabéticas hasta el figurativismo realista y simbólico del Buen Pastor, tal como aparece en las catacumbas de San Sebastián por poner un ejemplo primerizo.
La regulación progresiva del culto debido a las imágenes y su clara finalidad didáctica y devocional fueron factores que primaron sobre los aspectos puramente artísticos, aunque es muy difícil establecer estas gradaciones con total seguridad; lo cierto es que la liturgia de imponente ceremonial y las manifestaciones de Dios, la Virgen y los santos, son una constante del catolicismo y una de sus características más importantes, esgrimida como signo de identidad y diferenciación cuando la unidad religiosa europea se rompió en el siglo XVI.
La cultura, en un sentido amplio, es un proceso de acumulación y superposición de planos diferentes; hay determinadas constantes que permanecen con el paso del tiempo adaptándose, pero sin perder su compleja identidad. Las cofradías y hermandades, uso el término como sinónimos para mayor comprensión, se organizarían muy pronto con un claro sentido de comunidades fraternas que cumplieran finalidades religiosas y de asistencia mutua. Estas asociaciones fueron alentadas por la Iglesia como medio de evangelización y de ordenación jurídica e institucional por su eminente posición entre laica y clerical. No es posible determinar con exactitud el nacimiento de las más antiguas cofradías, teniendo en cuenta que bajo este nombre son diversas las asociaciones que existen: de culto interno, externo que a su vez pueden ser de gloria o de pasión, puramente asistenciales, vinculadas por regla a alguna orden religiosa, etc. La tipología de las hermandades es variada y su historia accidentada y llena de aspectos sociológicos y culturales de extraordinaria significación; especialmente cuando una cofradía sobrepasa los límites de su barrio y a lo largo de los siglos es realidad importante en la vida civil y religiosa de una ciudad, como es el caso que nos ocupa. Por desgracia, la pérdida de preciosas fuentes documentales -pese a los meritorios estudios de investigadores contemporáneos- impide un análisis total de la historia y de la intrahistoria de nuestra Archicofradía. Qué hubiéramos dado por aquellas "estanterías llenas de los viejos legajos de la Hermandad".. "tiernos recuerdos cofradieros: fotos de algunos hermanos mayores, fotografías desteñidas, cuadros con indulgencia de la Hermandad", como nostálgicamente señalan Llordén-Souvirón.
No obstante, son importante los documentos conservados sobre la más popular de las hermandades malagueñas, la que de alguna forma representa la tradición y el espíritu renovador de la Semana Santa, la que sirvió "de base para las demás cofradías y hermandades malagueñas", como escribio Agustín Clavijo.
En 1487 los Reyes Católicos entraron en Málaga y en 1494 fundaron el convento de los dominícos, Santo Domingo el Real, que llegaría a ser verdadero museo y centro importantísimo de la vida espiritual de la ciudad. Allí se fundó la Cofradía del Nombre de Jesús y después la Hermandad de la Madre de Dios de la Esperanza; allí, unidas han vivido hasta 1988. Entre los venerables muros se desarrolla la labor de la Archicofradía en los mismos planos de crecimiento espiritual y asistencia entre sus hermanos desde el lejano siglo XVI en que tenemos las primeras noticias de la Hermandad del Nombre de Jesús. En 1567, el ocho de mayo, la comunidad y la cofradía llegan a un acuerdo para que la hermandad "labren a ley y pongan en toda perfección" la capilla que "estaba señalada para el capitán Hernán Lorenzo de Zafra" en un período de cuatro años. La fría formulística nos da otros detalles sobre obligaciones de las partes firmantes. Es evidente que la hermandad del Nombre de Jesús es anterior a esta fecha y en su antigüedad, una de las mejor documentadas entre las de la ciudad; donde, como es frecuente, las fechas de fundación se van hacia el pasado con demasiada facilidad.
Según aportación documental de Llordén-Souvirón, el día 8 de mayo de 1567, ante el escribano Diego de Astorga, se establecía el convenio mediante el cual, a cambio de la concesión de la capilla a la hermandad del Dulce Nombre de Jesús por los dominicos, ésta se obligaba a determinados pagos anuales.
En 1579 consta que la capilla del Dulce Nombre de Jesús estaba totalmente construida y decorada, ocupando el frente de la nave derecha de la iglesia, aunque más tarde en 1718, pasó a la que fue capilla de la Archicofradía hasta 1988.
Se trata, por tanto, de una fundación del XVI, en un momento en que la religión era el centro y eje de la sociedad española; mucho más después de Trento, consagración de una España brazo armado de Roma y donde todo se hacía con un sentido mesiánico y providencialista para la mayor gloria de Dios. En esta España triunfante, aunque en el camino de su declinar inexorable, la religión era el fundamento pues la salvación del alma - como afirmaban los moralistas de la época- era el mayor negocio del hombre. Usando negocio en el sentido más opuesto al mercantil y como signo de una manera de ver el mundo y de entender la realidad por parte de los estamentos dominantes que centralizaban la vida entera de la nación en torno a las manifestaciones más externas del culto divino o su trasunto en la oscura y rigorista corte de los Austrias. La España que reflejó la marquesa de Villars y los embajadores venecianos es el marco histórico en que nace la Archicofradía.

Son numerosos los testimonios documentales que encontramos a partir de 1590, y que ponen de manifiesto el desarrollo social que toma la corporación al tiempo que constatan su popularidad en la ciudad. Parece ser que su primera salida procesional tuvo lugar en la Semana Santa de 1606.
El carácter gremial de las hermandades es cuestión que se ha aceptado sin discusión hasta fechas recientes. Como ocurre a veces, de la afirmación se ha pasado a la negación. Por supuesto que había hermandades de gloria y de pasión de origen gremial, sirva como ejemplo anacrónico la de Santa Marta de Sevilla. Estas agrupaciones por oficios son anteriores al mismo catolicismo como religión oficial del Imperio y hay casos muy bien estudiados. Tradicionalmente se ha aceptado que fué el gremio de toneleros el que se agrupó para dar culto a Jesús Nazareno, una de las advocaciones de más tradición y antigüedad en Andalucía: la Archicofradía del Silencio de Sevilla y el popularísimo "Abuelo" de Jaén son ejemplos señeros. No disponemos de pruebas definitivas pero si que maestros toneleros ocuparon puestos de importancia y en periodos dilatados de tiempo en el gobierno de la Hermandad.
Pensamos que la expansión de la fama y del prestigio de la institución en todas las clases sociales fueron los factores que desdibujaron este origen. Sea como fuere, la Hermandad del Nombre de Jesús que salía el Viernes Santo con sus penitentes vestidos de morado fue desarrollando su andadura entre los cultos, los enterramientos y típicos pleitos por preferencias y privilegios, como los sostenidos con la Cofradía de los Hermanos de Santa Elena y la importante Cofradía de Nazarenos de Málaga, titulada de la Resurrección. La distancia en el tiempo no nos permite considerar la importancia que para la sociedad de la época, rígidamente estructurada, tenían estas cuestiones que se prolongaban por razón de honra durante años y podían acabar en la ruina material de alguno de los pleiteadores.
Nos hemos referido al carácter docente de las manifestaciones de culto que alcanza su punto más alto en los Autos Sacramentales; pues bien, lo más característico de la Hermandad -como ha señalado Díaz de Escobar- era la representación o Paso que se hacía con la imagen de Jesús Nazareno, la Virgen, la Verónica y San Juan, en la Plaza Mayor o de las Cuatro Calles en esa noche del Viernes Santo, como expresión material y teatral del encuentro de Jesús con su Madre en la calle de la Amargura, mientras un afamado predicador de oratoria fluida, hiperbólica y sentimental -el sermón relatando los más culminantes episodios de la Pasión de Cristo, siempre se encomendaba al mas reputado orador de la comunidad de dominicos-. Quizás fueran en el cortejo alegorías y personajes vestidos a lo que se entendía por usanza de la Biblia: profetas, santos, sibilas, etc. Antecedentes medievales se encuentran en estos actos, aunque la escenografía es de un efectísmo barroco significativo. Se simulaba el encuentro de la Virgen con su Hijo en la calle de la Amargura, saliendo ésta por la actual calle de Granada, acompañada por san Juan Evangelista y la Verónica y como las imágenes eran articuladas, la Verónica desdoblaba el sudario ante la faz del Nazareno, la Virgen enjugaba sus lagrimas. El momento más importante era y es -ya eliminado con el tiempo el resto de la representación- la Bendición del Nazareno ante el pueblo -fuente de tradiciones milagrosas y anécdotas innumerables- que lleno de contrita devoción, la recibía postrado de rodillas.
Así continuó durante el espacio de muchos años, constituyendo el acto más característico de la Semana Santa de Málaga, hasta que el indiferentismo moderno, que parece se complace en hacer desaparecer todas estas bellas tradiciones populares, dio fin a este acto religioso, que dejó de efectuarse a mediados del siglo XIX. Al margen de su mayor o menor verismo histórico, indiscutiblemente reflejaba las razones iconográficas de la advocación popular de "Jesús Nazareno del Paso". Documentos del siglo XVIII y principios del XIX describen la procesión del Dulce Nombre de Jesús insistiendo en la representación de diversos pasos de la Pasión de Cristo y la terminación del acto con la bendición del Señor, todo ello realizado en la Plaza y, a veces, ante el palacio episcopal. Al mismo tiempo, la referida escenificación y bendición del Nazareno del Paso da origen a una amplia literatura popular.
La Hermandad llegó a tener un gran auge y en 1648, una mujer María Gracia, dispone ser enterrada en la capilla del Dulce Nombre de Jesús "por pertenecer a la Hermandad de la Esperanza".
No hemos querido empezar con el tan repetido: Reinando en España la católica Majestad de Felipe IV y siendo Obispo de Málaga Fray Antonio Enríquez, el 16 de junio de 1641, se fundó en Málaga la Hermandad de los setenta y dos hermanos de la Madre de Dios de la Esperanza. Hemos querido empezar por esa viuda de José Horozco que desea descansar en la cripta de su cofradía y que deja en su testamento una libra de cera para la imagen de la Esperanza "que está en la plaza pública de la ciudad", refiriéndose posiblemente a la que se encontraba en la fachada del Ayuntamiento. Son los nombres más o menos anónimos de Francisco del Arroyo y su esposa María Ximénez, de Juan Berlanga, de Asensio de Salas, de Melchora Ruiz, Juan Ramírez de Madrid y tantos otros, los que acaban su vida en la capilla dominicana y crean la tradición en una Archicofradía donde cada Titular tiene su personalidad definidísima y donde toda la sociedad malagueña se sintió y siente identificada, cada uno a su manera.
Afortunadamente, se conservan las primitivas Reglas de la Hermandad de la Esperanza, fechadas el 16 de junio de aquel año, en las que se afirmaba que aunque sea congregada e incorporada a la del Dulcísimo Nombre de Jesús, sita en el mismo convento, la dicha cofradía del Dulcísimo Nombre de Jesús no ha de tener entrada ni salida con esta hermandad ni meterse en el gobierno ni cosa que toque a ella, porque no ha de tener mano en cosa alguna, respecto de que es fundación de por sí, y aunque ha de andar agregada a ella, ha de ser solamente para el dicho acompañamiento de la dicha procesión del Viernes Santo y que salga con mayor decencia con autoridad que se le dará acrecentándole este nuevo acompañamiento (Llordén-Souvirón).
Como recuerdos de aquellos tiempos queda el que cada Hermandad conserva su guión y no es capricho que en la noche mágica del Jueves Santo se paseen llenos de historia por las calles de Málaga, aunque hoy, por su regulación precisa, no se entra en pleitos como el famoso de 1683 de la familia Noriega para seguir llevando el "estandarte" (guión).
Estas reglas tienen un valor extraordinario para comprender la regulación de las Cofradías. Se hace pues necesario un comentario algo detellado del documento.
La constitución se celebró en la Sala Capìtular del convento, ante el escribano y los testigos Yuso escrito (abajo reflejados). Son 24 los nombres que aparecen; los apellidos y nombres no nos dicen demasiado. Manifiestan su voluntad "ha muchos días", de fundar la Hermandad de los setenta y dos discípulos de la Virgen de la Esperanza en ese convento y desean, usando la típica estructura intensiva, "que sea congregada e incorporada a la del Dulcícimo Nombre de Jesús". Entre los presentes, no todos sabían escribir porque dirá el escribano Martín Delgado: "y lo otorgaron y firmaron los que supieron y por los que no, un testigo."
No hay declaración doctrinal en las Reglas, consecuencia del espíritu de la época y de que posiblemente, al quedar integrada, se regulaban en este aspecto genérico por las Constituciones más antiguas de Jesús Nazareno. De tal modo que se pasa directamente a la ordenación de la vida de la nueva corporación en sus grandes apartados:
1. Admisión y número de hermanos.
En este punto, la estructura es cerrada, caso muy frecuente y que se ha mantenido como en el Santo Entierro de Sevilla. La razón puede ser por el carácter gremial, de grupo o clase social o -como algún investigador defiente- por una tradición simbólica. La razón no impide que la Hermandad de la Esperanza, como demuestra la gran cantidad de testamentos, sobrepasó muy pronto la cifra inicial. Todos los otorgantes de las Reglas que después aprobaría la autoridad eclesiástica, quizás con la incorporación de fórmulas que aquí no aparecen, quedan como hermanos y los que deseen ser recibidos entregarán: un ducado, un cirio de tres libras y un real para "luminaria" (cuota) mensual. No obstante, hay una nota precisa de que no se excederá el número de setenta y dos. La admisión se hacía por mayoría de los hermanos y siguiendo un recto sentido moral en los aspirantes que deberán ser "gente de bien y acudan a sus obligaciones".
2. Procesión.
Saldría con la del Paso, el Viernes Santo. Cada hermano tendría su túnica "de lienzo morado, redonda, y no azugonada". En esta frase se recoge el sentido de severidad penitencial de la Hermandad, muy en línea con las Pragmáticas y otras regulaciones que sobre los abusos del lujo y de ostentación en estos actos de penitencia, dictaban los poderes civil y eclesiástico. Famosas en este sentido fueron las Sinodales del Cardenal Niño de Guevara para Sevilla en 1604, las del Obispo de Málaga Fray Alonso de Santo Tomás en 1671 y las del Rey Carlos II en 1672 para todo el reino. Son muy numerosos los textos de la época en que se refiere la relajación en las procesiones que, a veces, eran pretexto para encuentros sentimentales, venganzas, -aprovechando el llevar el rostro cubierto- o mortificaciones teatrales y exageradas, así como lucimiento externo. Sólo se justifica al hermano que no salga en caso de ausencia o de enfermedad, teniendo que poner un sustituto. No hay ninguna referencia a los disciplinantes; y los hermanos se repartirán, no se especifica cómo, los acompañantes con las velas. Si no cumpliesen estas normas "a ello se les ha de poder apremiar". Tenemos que imaginar una procesión sencilla, con andas simples y el seco golpear de los horquilleros por las estrechas callejas de una Málaga todavía musulmana en su estructura urbanística. La imagen de la Esperanza, la más antigua de las que se procesionan en nuestra ciudad, cubriría su belleza, quizás bajo telas negras como se hacía a principios de siglo.
3. Enterramientos.
El conjunto de artículos más numerosos de las Reglas lo constituyen las normas que se refieren a los enterramientos. El derecho es para los esposos y para la madre del hermano si fuere soltero. La Hermandad pagará las veinte misas, entierro y acompañamiento. Hasta cuarenta hermanos debían acompañar con círios al difunto. El texto es detallista y preciso, regulando los derechos de las viudas y huérfanos de los cofrades difuntos.
4. Cargos.
Por su importancia se nombraba un "padre de ánimas", cargo hoy desaparecido, que se cuidaba exclusivamente de los enterramientos. La vida normal de la institución la organizarían dos mayordomos que tendrían las dos llaves del arca donde se guardaban los bienes de la Hermandad. Los cargos eran por un año prorrogable y los elegidos, responsables antes los demás hermanos.
La medida previa de hipoteca de bienes para los elegidos como forma de responder ante los demás, se puede entender como un principio de discriminación económica; pues hoy nos parece que los candidatos tenían que poseer cuantiosos bienes. En el siglo XVII no era así, basta repasar los inventarios y muchas veces eran más una relación de deudas que de propiedades.
Lo que sí es llamativo es el sentido de obligatoriedad que la elección imponía. Si el padre de ánimas no aceptaba el nombramiento, pagaba dos ducados; si eran los mayordomos, una arroba de cera cada uno para la Hermandad. La elección anual se hacía en Cabildo el domingo de Lázaro.
5. Otros aspectos.
La Hermandad tendría su Libro de Reglas donde se recogerían estas Constituciones, los nombres de los mayordomos y las cuentas. Al principio, mantuvo autonomía, como se desprende del párrafo: "que la dicha Cofradía del Dulcísimo Nombre de Jesús no ha de tener entrada ni salida con esta Hermandad ni meterse en el gobierno ni cosa que toque ella". La agregación se hacía con la exclusiva finalidad de salir juntas en la procesión del Viernes Santo; pero la historia de la institución demuestra que la vinculación de ambas Hermandades fue total.
En estas primitivas reglas aparecen los nombres de Salvador Luque como padre de ánimas, de José Horozco y Juan Rodríguez de Gámez como mayordomos. Estos últimos hipotecaron sus bienes por el período de un año. Estaban presentes en este histórico momento los mayordomos de la Cofradía del Dulcísimo Nombre de Jesús, Francisco Ortíz y Diego Muñoz. Es curioso señalar que en el texto aparece nombrado en primer lugar el padre de ánimas antes que los mayordomos. Todo se hizo "para mayor servicio de Dios nuestro Señor".
Durante los siglos XVII y XVIII el auge de la Archicofradía fue evidente, como lo demuestra el gran número de hermanos con que contaba, así como la popular devoción que gozaban las imágenes de Jesús Nazareno del Paso y Nuestra Señora de la Esperanza. La Archicofradía mantuvo una línea ascendente, hasta el punto que, con motivo de una epidemia, los hermanos de la Esperanza llevaron las Andas del Señor de la Salud, copatrono de Málaga.
Los beneficios espirituales en forma de bulas, indulgencias y otros privilegios se acumulaban, al mismo tiempo que el carácter de la institución que agrupaba a los más diversos invididuos, se reafirmaba. Cuatro privilegios de PauloV, las prerrogativas otorgadas por Clemente X, las gracias especiales concedidas por Benedicto XII, Inocencio XI , Pío IV, Pío V, y tantos y tantos otros pontífices, confirman la vitalidad espiritual y el enriquecimiento material de la corporación, del que son buenos ejemplos las dos piezas de ajuar más valiosas de la Semana Santa malagueña según Temboury: la túnica morada y bordada del Señor y la cruz de plata y ébano del mismo.
Todas las instituciones están sometidas a las vicisitudes de la historia. Sabemos que muchas hermandades gremiales desaparecieron con la decadencia de los gremios en el siglo XVIII.
La Archicofradía sufrió en el siglo XIX un retroceso en su expansión por dos causas fundamentales. En primer lugar, la entrada en Málaga de las tropas francesas al mando del General Sebastiani, siendo objeto la Archicofradía de un sistemático saqueo, perdiéndose muchos enseres procesionales y parte de su importante archivo, destacando la salvación del expolio de la cruz del Nazareno gracias al mayordomo Francisco Utrera. En segundo lugar, las medidas desamortizadoras y los vaivenes políticos impidieron el desenvolvimiento normal de la vida corporativa, al menos en lo que a procesión se refiere. Las salidas son esporádicas y la prensa las recoge sin continuidad. Esto no quita que la popularidad de la Archicofradía no decayera pese a las dificultades materiales y que conservara algo de su patrimonio. La Hermandad de la Esperanza tenía panteón propio en el cementerio.
De 1891 se conservan unos Estatutos que detellan más los aspectos que se refieren a procesión: regulan las distancias, el número y orden de los cargos, así como las formas de acceder a los mismos. El color del Señor sigue siendo el morado: el de la Virgen, el negro. En la procesión se distinguen: los bastoneros, campanilleros, "correonistas" (hombres de trono), "penitentes y hachistas" (insignias y penitentes). Ya en estas Reglas hay un artículo que nos puede hacer pensar en un mayor tamaño de los tronos o en dejar la tradición de las horquillas, pues se indica que el número de correonistas será de "diez y seis" y si cambiara la forma de llevar las imágenes pasarían a "rodear el trono y dirigir su marcha". Mucha menos importancia tiene lo referido a enterramientos.
La crisis de finales del XIX se cierra, si podemos fijar una fecha, en 1908 y siendo Hermano Mayor Manuel Ortiz. Desde este momento el crecimiento será uniforme y rápido hasta 1931. En 1908 se estrenó el trono del Señor de A. Rodríguez Zapata y en 1916 el de la Virgen, de la Casa Ureña de Valencia. La ruptura con los planteamientos anteriores es enorme, la formulación estética cambia y la Archicofradía se convierte en modelo para la Semana Santa malagueña en su conjunto. Será la década 1920-1930 la más brillante en esta etapa de recuperación.
Bibliografía:
- Garrido Moraga, Antonio, "El Paso y la Esperanza: 1567 - 1890". "Esperanza Nuestra". Archicofradía de la Esperanza, 1988. Málaga.
- Llorden-Souvirón, "Historia Documental de las Cofradías y Hermandades de Pasión".
- Clavijo García, Agustín. "La Semana Santa Malagueña en su Iconografía Desaparecida","Semana Santa en Málaga". Tomo II. Ed. Arguval. Málaga.
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