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M U R A L D E L A B Ó V E D A
Para el pintor no ha sido difícil el acercamiento al mundo de las cofradías pues ha tenido numerosos contactos desde niño. Al vivir en calle Sánchez Pastor pudo asistir a los desfiles con su familia desde muy pequeño. Veía las procesiones en casa de un amigo de su padre, en la misma calle, dando esquina a Calle Granada y a la plaza del Carbón. Era un lugar privilegiado donde cantaban las máximas figuras del cante como Mairena o La Niña de los Peines. Tiene un recuerdo entrañable y festivo de los juegos con sus hermanas intentando adivinar qué banda es la que tocaba o qué cofradía desfilaba por el color de la túnica. La primera experiencia como nazareno no fue, sin embargo, un éxito. Su familia lo vistió de hebreo y salió en La Pollinica con unos seis años. Pero el verdadero deseo de Eugenio era salir de capirote y con vela, así que sin pensarlo mucho, se deshizo de la palma y sin atender a ningún tipo de razones abandonó expeditivamente el cortejo. Posteriormente salió, con ocho o nueve años, en Zamarrrilla de mayordomo ambulante, de lo que sí conserva extraordinario recuerdo. De la Esperanza cuenta vivencias muy bonitas y entrañables. Su familia compraba sillas en calle Larios, delante de almacenes Massó, frente a La Cosmolita. Venían familiares de Vélez. "Y cuando pasaban los dos hombres de trono regando el romero con colonia, mi madre mandaba a mis hermanas con pañuelos a mojarlos; los mojábamos, los cruzábamos en la regadera y esos pañuelos los guardaba mi madre entre las sábanas o entre las toallas en los armarios y dejaban un perfume, que yo recuerdo todavía coger una toalla y tener el perfume de La Esperanza." A los quince años sacó el trono de la Virgen de la Amargura. No era corriente entonces que un joven estudiante saliera entre los cargadores y estibadores del puerto. Un amigo hizo la promesa y Eugenio lo acompañó y estuvo sacando el trono durante quince años. El esfuerzo era colosal; la mesa estaba muy baja y castigaba enormemente al bajarla y subirla; al día siguiente se notaba el esfuerzo por todo el cuerpo, el hombro era lo de menos. De esta experiencia con el varal nos relata Eugenio un torrente de recuerdos y anécdotas. La insuperable maestría con los que los capataces, los hermanos Polo, dirigían las difíciles maniobras sobre todo la de acceso a calle Nueva desde calle Especerías. El botijo de anís, aunque remarca la seriedad y profesionalidad de los hombres de trono; se bebía pero el tremendo esfuerzo consumía enseguida el alcohol y anulaba sus efectos. Eugenio realizaba funciones de intendencia y llevaba el dinero para pagar a los hombres. Los tronos se llevaban a la carrerilla y se ofrecían primas extras por cumplir correctamente el recorrido. Desde el observatorio privilegiado del varal adquiere una percepción global de la Semana Santa : "Bajo el varal se crea un ambiente mágico y especial; es un "pathos" único, no se puede permanecer indiferente; Ayudan y acompañan los sonidos, los olores, la percepción del esfuerzo físico compartido; pero lo que es singular es la contemplación de las distintas emociones de los espectadores; desde allí puedes ver claramente la fe sincera del creyente, las lágrimas del que pide, el arrobamiento de los enamorados, el asombro detenido ante la belleza; y todo esto en el marco de una ciudad incomparable en garbo y gracia y aderezado con un clima primaveral único La Semana Santa es una cultura propia de Málaga." En los años setenta se traslada Eugenio a Italia. Regresa esporádicamente principalmente con motivo de exposiciones y pierde por tanto el contacto con la Semana Santa. Al volver para encargarse de la dirección de la Fundación Picasso, percibe los cambios y transformaciones experimentados. Los tronos son ahora llevados al paso y los hombres de trono han sido sustituidos por jóvenes hermanos de traje. En general opina que los cambios han sido para bien. Se ha ganado en seriedad, en el aspecto artístico y en participación. Sólo hay un aspecto que no entiende y que le molesta muchísimo: "La gente que no respeta la procesión y pasa continuamente por medio interrumpiendo y molestando. En esta cuestión se ha perdido muchísimo." Su vínculo con La Esperanza se establece a nivel profesional. Sorprendentemente Eugenio oye rumores sobre el mural antes de recibir el encargo en firme de la Archicofradía. La ilusión se despierta en el pintor. El encargo viene desde La Esperanza. "La Esperanza es otra cosa. Es como si hablamos de la historia del arte y de Picasso. Y es así porque ella lo ha hecho así con Benlliure, con Rodríguez Acosta, con un cierto talante, una cierta disponibilidad, una cierta riqueza, los enseres, los apellidos conocidos, una burguesía sólida, ves que hay un potencial económico... Esa es la verdad, lo que tú puedes constatar desde fuera; después a lo mejor el señor más rico no ha dado nada y la cofradía está mantenida por los hermanos de base... Pero eso es lo que se ve desde lejos. Yo, que he tenido la oportunidad de conocer la cofradía desde dentro, he visto que muchas cosas no son así." Cuando recibió el encargo la primera reacción fue dejarlo todo, paralizar todos los compromisos y dedicarse en exclusiva al proyecto. Sus dudas venían en dos direcciones: por un lado su clara posición ideológica y por otra las características de su estilo propio al que claramente ni quería ni podía traicionar. Tras seis meses de estudio y documentación se terminaron los bocetos. Los domingos, Carlos Ismael Álvarez, el entonces hermano mayor, contestaba y documentaba las peticiones sobre multitud de aspectos históricos formuladas por el artista. El proyecto difiere poquísimo de la primera idea plasmada en el papel. La auténtica prueba de fuego se pasó con la visita al estudio de los miembros de la Comisión Permanente. En ese momento pudo notar el entusiasmo y aceptación que iría creciendo paulatinamente hasta la explosión del día de la bendición. El proceso de ejecución en el Salón de Tronos fue frenético y agotador. Eugenio se entregó en cuerpo y alma. Hoy tiene la satisfacción de que ha dejado lo mejor de sí mismo. Sus amigos pintores se sorprenden de que haya sido capaz de realizar tan titánica hazaña a su edad y en sus condiciones. Él les responde socarrón que está un poco gordo, no estará para correr los cien metros lisos, pero tampoco está imposibilitado. Aunque es el propio pintor cuando reflexiona el que se extraña de la magnitud de la obra. A solas con la pintura, el artista empieza a intuir la trascendencia y significado de la enorme composición. Tan sólo comparte esta percepción con su mujer y continúa trabajando incansablemente. No toma vacaciones, teme perder precisión y esa "mano" que ahora está en su mejor momento. Para que no hubiera altibajos, pinta, incluso, sábados y domingos. Desde la primera pincelada los trabajos se detuvieron sólo quince días durante la Cuaresma y en el período de convalecencia de la caída del andamio. Como los míticos toreros también puede presumir Eugenio de costurones en su cuerpo. Ha sido fiel a su estilo y a su personalidad en la composición de las distintas escenas y ha modificado esta actitud a la hora de reproducir enseres y obras de otros autores en las que ha querido ser más fiel y respetuoso con la obra anterior. El resultado de esta dualidad ha sido positivo para la lectura final del mural. De estos meses de ardoroso trabajo ha cosechado numerosas amistades en el seno de la cofradía. Ahora con la obra ya finalizada e instalada en el techo se encuentra Chicano esencialmente satisfecho. El innovador proceso de ensamblaje y colocación de los paneles también se estudió con mimo y profundidad. El sistema de rieles ha permitido evitar la colocación de clavos que taladraran la pintura. Percibe un auténtico entusiasmo en todos los cofrades. Las felicitaciones han sido absolutamente unánimes. Particularmente satisfecho está también del acto de inauguración. Estuvo muy cuidado. Se dio cita toda Málaga y valora fundamentalmente el hecho de la masiva asistencia: ochocientas personas que abarrotaron la Casa Hermandad en una ciudad en que mover a la gente cuesta lo suyo, quiere decir mucho. La participación fue desbordante y la enjuicia como un acto de amistad, de generosidad, un acto de amor a La Esperanza y un acto de amor al Arte. Cree que esta obra dará mucho que hablar, traerá cola. "Pero ya no es mi mural. No es el mural de Chicano. Ahora es nuestro mural, de todos, de la cofradía. Y a partir de ahora así debemos entenderlo. El mural es nuestro. El de todos y para las generaciones venideras. Es un referente."
Conversar con Eugenio Chicano es un placer. La charla brota fácil y Eugenio nos inunda con su caudal enorme de recuerdos y anécdotas. Nos recibe el pintor en su estudio. Acaba de concluir su último trabajo, un cartel para una cofradía malagueña, y recibe el aplauso y la felicitación de cuantos van apareciendo por el estudio y son testigos de su amenísima charla. Encontramos un Chicano feliz, satisfecho, después de la unánime aceptación que ha podido percibir en la inauguración del mural y de tantas y tantas muestras de cariño. Estamos rodeados de pinturas y pinceles, cuadros, discos compactos, recuerdos familiares y las fotografías de dos poetas: Lorca y Machado. |