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M U R A L D E L A B Ó V E D A
Aceptó el envite y desplegó ante nosotros la epopeya del Paso y la Esperanza, la leyenda dorada y verde forjada durante siglos con fe y devoción por míticos cofrades que vuelven donde solían para sumarse a la sinfonía coral que se estrena esta noche, compuesta por Eugenio Chicano con su proverbial prontezza y la autenticidad del que nunca renunció a sus orígenes e hizo de la cercanía a la cultura vernácula y sus expresiones populares santo y seña de una pintura, la suya, en plena sintonía siempre con él mismo. Y percibimos el estrépito de los toneleros fundadores, la amorosa labor de las monjas bordando, la solemnidad que proclaman los heraldos, la jornada áurea de la coronación, el énfasis sagrado de los predicadores y hasta la bulla espontánea de las promesas allí donde el pueblo reclama lo que es suyo. Están los mayordomos de antaño, no faltan a la cita las constelaciones y parecen flotar en el aire -prueba de fe, empresas de esperanza- los pañuelos de la Virgen, cada uno con su propia y atribulada historia. Se jugó el tipo durante quince meses por los altos andamios, sabiéndose observado, siendo consciente de la responsabilidad que asumía suscitando expectativas e ilusiones a las que ha correspondido con todos los recursos de su oficio y el hálito emocionado de su pintura, tan próxima a la poesía, tan evocadora y certera. Con esa capacidad taumatúrgica de convocar a los vivos y a los muertos para que acudan juntos ante su caballete, con rigor, dando siempre en el clavo del detalle exacto, Eugenio Chicano ha recreado día a día ante nuestros propios ojos todo el universo espiritual y afectivo aquí sedimentado por el tiempo. Sobre nosotros están los sentimientos de millares de hermanos, las anclas a las que se aferraron en sus vidas, el romero del que hicieron su emblema, la mano bendiciente que anhelaron... Y más allá, donde tiemblan las luces de cera y convergen todas las miradas, vienen los Titulares alzados en sus tronos con toda esa fuerza interior que ha movido a la Archicofradía durante más de cuatrocientos años aquí sintetizada con expresividad y maestría en esos nazarenos que en procesión avanza con la cruz por delante. Prometió no defraudar y lo ha cumplido. Los muchos que hemos sido testigos de su completa y apasionada entrega al diseño y ejecución del mural, constatamos también que no se dejó abrumar nunca por la magnitud de este encargo renacentista, concebido para un ámbito en el que esta ciudad se da cita para reconocerse a sí misma cada primavera. Al firmar ahora la obra, su autor está además rubricando con todos ellos para siempre una amistad amasada bajo estos mismos techos. CARLOS ISMAEL ÁLVAREZ |