F R E S C O    " L A   P A S I Ó N    S E G Ú N    S A N   J U A N "

La última fase de las obras de restauración de la Capilla de la Archicofradía en Santo Domingo, que acomete la Junta, durante los primeros años de la década de los sesenta, pertenecen ya a aspectos meramente decorativos, colocándose una gran vidriera con el motivo de la Anunciación y una lámpara de forja donada por el cofrade Juan Gallego, pensándose desde un principio aprovechar los grandes lienzos del nuevo camarín para la confección de un mural pictórico.
Después de diversos tanteos y contactos con el pintor Mingorance Acién, se decide realizar el encargo al profesor de la Escuela Superior de Bellar Artes de San Fernando Miguel Rodríguez-Acosta Calströn, que acababa de conseguir la primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1960.

Desechada la primitiva idea de motivos marianos, Rodríguez-Acosta ejecuta durante el año 1961 los bocetos y cartones para la preparación del fresco que son expuestos en Granada en una exposición dedicada a la pintura mural, junto a obras de Sert y Vázquez Díaz. Posteriormente durante tres meses de trabajo en los viejos muros de Santo Domingo, vuelca sus experiencias con la cal, el polvo de mármol y las materias nobles empleadas al estilo de los viejos fresquistas que ha estudiado en Egipto, Grecia e Italia. El resultado es una obra de más de cien metros de superficie, concebida a manera de retablo monumental de la Pasión de Cristo con escenas superpuestas y temas diferentes, que se presentan en planos distintos.

Esta obra, tan importante como poco conocida, que todavía hoy espera quién la estudie, fue bendecida por el Vicario General de la Diócesis Don Francisco Carrillo en una ceremonia oficiada en la festividad del Dulce Nombre de Jesús de 1962.

Las pinturas estás distribuidas en seis paredes o planos diferentes, uno de ellos ocupado por las enjutas, colocadas en el arco de acceso a dicho recinto. El desarrollo de las mismas se sitúa en los cuatro paramentos de los que consta la estancia, siendo el más importante - por el desarrollo escenográfico - el que se localiza en el paramento A, la pared principal, cubierta en su totalidad de pinturas divididas en varias escenas perfectamente delimitadas. El resto de las paredes no son visibles desde abajo pero tienen una importancia pictórica y estética fundamental.

Estas pinturas guardan una uniformidad con el resto del conjunto, pero a la vez están cargadas de un valor y un sentido emocional individual que hace, puedan ser contempladas separadamente del resto. A esto contribuyen varios factores como los recursos pictóricos a base de colores plomizos y efectos dramáticos, recursos técnicos de ejecución como la disposición de las formas de una verticalidad aplastante, verticalidad de las líneas compositivas, exagerando de esta manera la irreversibilidad de los momentos, y tamaño sobrecogedor.

Las figuras tienen unas expresiones muy dramáticas ante las situaciones en las que se encuentran, plasmando la idea concreta de cada una con sutileza, donde el desarrollo secuencial de los hechos toman un valor unitario dentro de cada representación.

Las escenas, así determinadas se presentan como la consecuencia dramática de un hecho aceptado, situando como escena procedente a todo el desarrollo posterior el espacio principal de la composición, donde Jesús, después de dejar a sus apóstoles, asume arrodillado ante un ángel su aceptación.

La pintura se presenta pues cargada de un fuerte contenido emocional, donde el artista se vale de diferentes recursos técnicos para acentuar esta valoración.

Es cada escena, el artista aviva la trama con toques puntuales de colores semi-puros, acentuando la crudeza de las representaciones.

En el paramento B, la escena nos muestra la representación de Cristo en la Cruz ya muerto, y momentos antes de que un soldado montado a caballo abra el costado del Crucificado con su lanza.

Al igual que en el paramento principal, la carga emotiva aparece muy bien desarrollada, deteniéndose en el corto lapsus en que la punta ha de abrir la carne mientras sus amigos impotentes, adivinan el hecho.

En paramento C, Rodríguez Acosta presenta la escena en los momentos previos en que el cuerpo de Cristo es introducido en el sepulcro. Como en los demás paramentos, la atmósfera en la que se desarrolla la escena, está llena de dramatismo y desolación. Las formas y los volúmenes, así como las líneas de la composición están cargadas de aplomo y reposos, induciendo o transmitiendo al espectador a una situación o valoración - siempre subjetiva - de resignación en una despedida forzosa.

El paramento D lo encontramos dispuesto por una composición donde sólo se localizan elementos testimoniales de la Pasión.

Después del traslado de los Sagrados Titulares a la nueva capilla en 1988, los frescos quedan en ésta sufriendo los efectos de la humedad que poco a poco empieza a hacer estrados en ellos.

En 1992, se empezaron a hacer gestiones con la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía, en la persona de su Delegado Rafael Chenoll, para el posible traslado de los frescos a las nuevas instalaciones de la Archicofradía. Se hizo un profundo estudio y se pidieron varios presupuestos para la restauración de los frescos, entre otros al restaurador de obras de arte Juan Aguilar Gutiérrez, pero el resultado de los mismos era que la restauración de podía hacer pero el traslado era imposible por su alto costo.

Este informe diagnóstico del estado de conservación refleja la situación precaria en que se encuentra la capilla ante las inminentes obras de infraestructura que se desarrollan en los alrededores de la Iglesia.

En 1992, la Congregación de Mena se encuentra inmersa en las tareas de construcción de la Casa-Hermandad de Mena en lo que era el antiguo patinillo de Santo Domingo, colindante con uno de los laterales de la capilla de la Archicofradía, y al retirar una viga de hierro se abre una brecha en el tabique afectando gravemente las patas posteriores del caballo de Longinos.

Puestos en comunicación con D. Miguel Rodríguez-Acosta, y tras explicarle lo sucedido y lo que se quería hacer, éste muestra gran satisfacción, ya que tenía noticias de que los frescos se estaban estropeando debido a la gran humedad de su emplazamiento y que el lugar que le habíamos asignado en la nueva iglesia era muy seguro y podrían ser admirados con toda comodidad, e indicó la persona que podría hacer todo el trabajo, traslado y restauración: D. Manuel de la Colina, Profesor de la Facultad de Bellas Artes de Madrid, quién además fue el que preparó la pared y le ayudó en la pintura de los frescos.

D. Manuel de la Colina se traslada a Málaga, examina los frescos y se compromete a trasladarlos para su restauración, que comienza una vez aprobado el presupuesto por la Junta de Andalucía, comienza el proceso de restauración.

El equipo de restauración se complementa con D. Carlos Mejías, escultor-restaurador y profesor de Bellas Artes y los licenciados Fortuna Pérez, Carlos Tejada y Leonor de la Colina, todos de la Facultad de Bellas Artes de Madrid.

Hoy en día, esta obra cubista de Rodríguez Acosta se expone en la parte superior del Museo de la Archicofradía.

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