A D V O C A C I Ó N

Podemos sorprendernos, al estudiar el origen de algunas cofradías de pasión, con la antigüedad de su origen, la evolución de su iconografía o el desarrollo que las mismas han podido seguir. El caso del Dulce Nombre es representativo de este hecho a que nos referimos.

Quizás sorprenda saber que las distintas cofradías de esta advocación que existen en nuestra provincia o, aún más, en España son en realidad una misma y con un mismo origen. El origen de esta devoción, como bien es sabido, se encuentra en el Concilio del año 1274, celebrado en la ciudad de Lyón. Era éste el XIV Concilio Ecuménico, segundo que se celebraba en esta ciudad.

Varios eran los motivos que llevaron al entonces Pontífice Gregorio X a convocar dicho concilio; en primer lugar la unión de la Iglesia ortodoxa griega, por medio de su emperador Miguel Paleólogo, en segundo lugar, la necesidad de ayuda que tenían los cristianos que vivían en Tierra Santa y, por último, el ordenamiento de las florecientes órdenes mendicantes. La clausura efectuada el 17 de julio concluía lo siguiente: "Siempre que se pronuncie el glorioso nombre de Cristo se doblen las rodillas o se haga una inclinación de cabeza."

Este gesto ha venido siendo habitual hasta nuestros días, y sigue siéndolo en las celebraciones litúrgicas fundamentalmente, recogiendo de esta forma las palabras de S. Pablo a los Filipenses, que decían: "Por eso Dios lo engrandeció y le concedió el Nombre, que está sobre todo nombre, para que, ante el Nombre de Jesús, todos se arrodillen en los cielos, en la tierra y entre los muertos." (Fil 2;9-10)

Fue en ese concilio, donde el superior general de la Orden de Predicadores (Dominicos), P. Fr. Juan Varcellil, fundada algunos años antes, solicitó la petición de dedicar en todas las iglesias de la mencionada orden un altar al Dulce Nombre de Jesús, petición que le fue concedida con el encargo añadido de desagraviar al Señor por las blasfemias, sacrilegios, profanaciones e irreverencias.

Desde aquel lejano año, la devoción al Dulce Nombre de Jesús, quedaba unida a los Dominicos hasta el punto que su florilegio recoge: "Santo Domingo endulzaba sus penosos viajes cantando los himnos de San Bernardo al Dulce Nombre de Jesús; en nombre de Jesús, el P. Isnard curaba a los paralíticos, y daba oído a los sordos y a los mudos el habla; el P. Pedro de Cataluña curaba a los enfermos y daba vista a los ciegos; S. Pedro M. y el Beato Juan de Vicenza organizaban coros de cantores para alabarlo; con El principiaba y terminaba sus cartas Sta. Catalina de Siena; San Vicente Ferrer predicaba su veneración...."

Esta devoción de los Dominicos era tal que, en principio y hasta recientemente, se celebraba la fiesta del Dulce Nombre de Jesús cada segundo domingo de mes. Incluso en algunos casos, como por ejemplo en Antequera, devoción y cofradía serán anteriores al asentamiento de los Dominicos archidoneses, pero al tener estos el "monopolio" de las cofradías y el amparo del Sumo Pontífice, pasó a estar legalmente establecida a partir de la fundación de los Dominicos.

Rápidamente, la nueva advocación, si se le puede llamar así, ya que en realidad se remonta a la comunidad apostólica, se fue desarrollando en base a una conclusión lógica: los santos eran santos por su seguimiento de Cristo, y en consecuencia las gracias pedidas en el Nombre de Cristo tenían más fuerza que las realizadas por ninguno de sus seguidores, puesto que hasta los propios santos no realizaban milagros en su propio nombre, sino en el Nombre de Cristo, tal y como en la Iglesia primitiva lo hicieron los apóstoles. Este poder taumatúrgico era aplicado a los grandes problemas de la época, las epidemias de peste, las enfermedades y todo tipo de adversidades. A principios del S. XV (1430) surgen ya algunas cofradías de esta advocación.

Al parecer su origen se encuentra en una epidemia de peste combatida por el P. Andrés Díaz mediante esta devoción que dio lugar a que con posterioridad el P. Fr. Diego de Vitoria, del convento de S. Pablo de Burgos organizara las cofradías. Fueron llamadas indistintamente cofradías del Nombre de Cristo o del Nombre de Dios pero, casi siempre, bajo el patronazgo de la Orden de Predicadores. En ocasiones se les aplicó el adjetivo de "Santísimo" que con posterioridad cambió por el de "Dulce", tal y como hoy las conocemos. Se fueron desarrollando y extendiendo por toda la península, formando parte de la propia espiritualidad de la orden, como de hecho ya había ocurrido anteriormente con la devoción desde el Concilio de Lyón.

La nueva devoción se fue desarrollando y adecuando a la nueva espiritualidad de los nuevos tiempos. En 1564, justo unos meses después de que finalizara el Concilio de Trento, el Papa Pío IV en la bula "Iniunctum Nobis" (fechada el 13 de abril de ese año) se hacía eco de las cofradías que bajo esta advocación existían ya en nuestro país aprobándolas y poniéndolas bajo su protección.

El documento mencionado señala que ya estaban extendidas por los conventos que la orden tenía en España. Según este documento, estas cofradías estaban ordenadas a las obras de piedad y misericordia, así como a otros actos de disciplina, peregrinaciones, ayunos, etc... y ya desde entonces gozarían de una serie de privilegios al convertirse en una cofradía de carácter universal bajo la dirección de los Dominicos y con la protección del Sumo Pontífice. Esta bula señala además que cada segundo domingo de mes tiene lugar un acto litúrgico especial dentro del convento, pero abierto a los hermanos de la cofradía. Al parecer este acto litúrgico incluía, entre otras cosas, una pequeña procesión alrededor del claustro del convento.

El sucesor del Papa Pío IV, San Pío V, otorgó una nueva bula bajo el título "Decet Romanum Pontificem" (fechada el 21 de Junio de 1571), en la que entendía que estas cofradías "del Nombre de Jesús", eran un buen arma para propagar la fe cristiana frente al protestantismo, por ello, consideró igualmente unida esta obra a la suya del pontificado. Este documento viene a redundar en lo expuesto por se predecesor. Concede algunos nuevos privilegios y vuelve a señalar como misión de las Cofradías del Nombre de Cristo la lucha contra la blasfemia, así como la obligación de un culto especial los segundos domingos de cada mes.

Durante los dos siglos siguientes, la reforma católica logró una estabilidad religiosa sin precedentes y las cofradías fueron dotadas de un nuevo carácter barroco. En este sentido, las distintas desamortizaciones del S. XIX, supusieron una ruptura, los conventos fueron abandonados y en muchas ocasiones nunca volvieron a ser ocupados por la Orden, las cofradías pasaron a la jurisdicción de las respectivas diócesis y a estar dirigidas directamente por sus hermanos, amén de la pérdida de documentos, libros de actas, etc...

A fines del siglo pasado se promulgaron los últimos privilegios espirituales concedidos a estas cofradías. El decreto arriba mencionado para las cofradías del Santísimo Nombre de Jesús fechado en 3 de Agosto de 1898, concedía las siguientes indulgencias entre otras:

I. A los fieles verdaderamente arrepentidos que hayan confesado y comulgado en el día en que se inscriban en la Cofradía.

II. A los cofrades, igualmente arrepentidos que, habiendo confesado y comulgado, rogasen a intención del Sumo Pontífice.

III. En la fiesta de la Circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo, si asistieran con devoción a todos o a parte de los Divinos Oficios que se celebran cada año en la Iglesia, capilla u oratorio de la cofradía.

IV. En el segundo domingo de cada mes, si asistiesen devotamente a la procesión que tiene lugar en honor de los Santísimos Nombre de Dios o Jesús, o bien otro domingo, según la costumbre de los diversos lugares, si dicha procesión se traslada, con tal que se distinga de cualquier otra.

Apunta el decreto más adelante, el hecho antes mencionado de que la gestión pasa a ser de los hermanos de la cofradía en tanto la labor de los dominicos se limita a la dirección espiritual. Además se señala ya de forma clara la existencia de una procesión los segundos domingos de mes, aunque se anota que, en algunos lugares, puede realizarse otro día. Sin embargo, para esta fecha, las procesiones del Dulce Nombre en Semana Santa han cumplido varios siglos de existencia y la mencionada procesión debe referirse a un intento de mantener la doble iconografía (un Niño y un Nazareno en la mayoría de los casos).

Este intento buscará mantener la primitiva iconografía del "Niño Chiquito", que finalmente se perderá en unas ocasiones o entrará a formar parte de la procesión de Semana Santa creando no pocas polémicas y multitud de explicaciones de carácter simbólico pese a ser, como veremos, una iconografía que en su origen era de pasión. Las constituciones de 1954 y 1985 son los dos documentos más recientes de que se dispone sobre la relación entre la Orden de Predicadores y las Cofradías del Nombre de Cristo. El primero, anterior al Concilio Vaticano II, en latín, el segundo, en castellano, postconciliar y posiblemente el último que la orden tenga sobre el tema. De las constituciones de 1954 destacar especialmente los artículos 799, 804 y 805. El primero recoge a las cofradías del Nombre de Jesús como asociaciones propias de la orden y los dos siguientes hacen referencia al origen de estas cofradías y a las celebraciones de los segundos domingos respectivamente. Las constituciones de 1985 apuntan casi literalmente lo mismo (Artículo 152 apénd. 4) añadiendo que la estructura y régimen de estas se determinan en sus reglas (Artículo 151) y solicita de los frailes que las fomenten, promuevan y colaboren con ellas. (Artículos 150 y 153)

NARCISO MORALES LUQUE
Cronista de la Archicofradía del
Dulce Nombre de Archidona

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