E S T U D I O    E S T I L Í S T I C O

Tras habernos acercado a un minucioso estudio de cada uno de los rasgos anatómicos de la imagen de la Virgen de la Esperanza (concretados a su rostro y a sus manos), en necesario dejar bien claro que aún así no es total su descripción iconográfica, pues, como es sabido, no es sólo la madera policromada sino también el ropaje natural y los elementos de orfebrería que la envuelven (fundamentalmente corona y atributos específicos). Porque, según Sánchez del Arco, en la imagen procesionista, "no sólo es tallar, también hay que vestir al santo, y ésta es obra que requiere un gran tino".

El anacronismo es fácil, y lo que es peor, el agrio colorín, el ridículo y la nota que produce la exclamación irreverente. No es sólo procesión de imágenes en talla policromada, en la que el artista que la concibió sabe bien cómo ha de terminar su obra. Hay que vestir la hechura dolorosa, la hechura de tristeza, completando con telas naturales (y elementos de orfebrería) la obra del escultor". Sin duda alguna, la imagen de la Virgen de la Esperanza (como todas las "esculturas marianas de candelero" que conforman la Semana Santa malagueña) no es tal imagen, ni plástica ni iconográficamente completa, sin el bello revestimiento natural (bordados y joyas) que la define y sublima en todo su realismo y espléndida hermosura procesionista.

Es obvio que el atuendo de las Vírgenes Dolorosas malagueñas ha evolucionado con el paso del tiempo, adaptándose al gusto estético de cada momento con lo que ha ido imprimiendo una nota más de naturalismo cotidiano a las imágenes procesionistas. Así, concretándonos a la Virgen de la Esperanza, ni la ropa, ni su color, ni, sobre todo, la disposición del "tocado" fue siempre como ahora. En efecto, con tan sólo repasar ligeramente las viejas fotografías de principios del siglo XX, comprenderemos con facilidad los radicales cambios habidos en este sentido, aún siendo la misma talla.

De esta forma, la imagen de la Virgen de la Esperanza se procesionaba hacia el año 1906 sobre el denominado "trono de las estrellas" rigurosamente vestida de luto, con una holgada túnica y un manto negro de media cola, sin tocado ni "toca de sobremanto", permaneciendo en gran manera el secular gusto de los sencillos y a la vez ampulosos ropajes de las Dolorosas de medio cuerpo del escultor granadino Pedro de Mena (1628-1688), esculturas de talla completa de gran proyección devocional en la Málaga barroca.

A partir de la segunda década del presente siglo, la imagen de la Virgen de la Esperanza fue paulatinamente barroquizando su indumentaria al estilo de la Virgen Macarena de Sevilla, según se reflejaba con insistencia en la prensa malagueña de entonces tal y como ya se ha reseñado. Un elemento muy característico de aquellos años fue el pecherín o "corpiño" postizo, en el que se exhibían numerosas joyas, la mayoría donadas o prestadas por cofrades y particulares, así como también en la nueva corona imperial (que suplía a la modesta ráfaga metálica de comienzos de la centuria). Al mismo tiempo, sabemos que en 1916 la imagen de la Virgen de la Esperanza sustituyó el luto riguroso del común de las Dolorosas malagueñas por tonalidades más alegres y vistosas, luciendo en la Semana Santa de ese año, "un rico palio de terciopelo verde, bordado en oro fino y construido para esta Hermandad por la importante fábrica valenciana de José Quinzá Guerrero, así como estrenará esta imagen, también bordados en oro, un valioso vestido de raso blanco y un regio manto de terciopelo verde, artísticas obras también de la misma casa valenciana, regalos hechos por suscripción de distinguidas damas malagueñas".

Ya en los años de la posguerra se va a cuidar de forma muy especial el tocado de la Virgen de la Esperanza, pasando de unos postulados malagueños inspirados en el ya mencionado arte de Pedro de Mena (Dolorosas con velo y manto sobre la cabeza en paralelo y rígido plegado que enmarca y a la vez constriñe verticalmente la cara al crear una sola visualización frontal de la misma), a unos criterios estéticos claramente sevillanos en los que se mezcla el traje de corte que surge a fines del XVIII y se prolonga durante casi todo el XIX (saya, corpiño, manto) con elementos más antiguos (tocados y tocas de sobremanto), tomados de la época de Cristo y del mundo medieval (órdenes religiosas femeninas y mujeres de cierta edad, con especial preferencia hacia la toca que cubre por completo la cabeza).

En este sentido es acertada la opinión de Palomero Páramo al afirmar que "el tocado adoptado por las Dolorosas sevillanas a partir del primer cuarto del presente siglo es la versión hispalense del "schebisim" que la mujer judía usaba en Nazaret, realizándose ahora con una mantilla española en cualquiera de sus versiones -Goya, toalla y pico grande-, aunque la complejidad e inconveniente que entraña su plegado y recogida en el pecho de la imagen ha promovido su sustitución por tiras de encaje al ser más fáciles de manejar y de disponer".

Sin duda alguna, la indumentaria actual de las imágenes marianas de las Cofradías y Hermandades de Pasión, aunque es convencional y ecléctica al entremezclarse lo profano con lo religioso y lo cortesano con lo popular, es uno de los grandes aciertos del procesionismo semanasantero del siglo XX, sobre todo en Andalucía (con su centro en Sevilla), siendo una manifestación artística tan válida e importante como la propia talla (a pesar de su condición efímera y mutable), al ser un compendio de refinamiento, buen gusto y piedad que se hace fácil y sensible para una mejor lectura y comprensión iconográfica de la devoción popular.

Así, pasados los primeros años de la década de los cuarenta en la que la Virgen de la Esperanza se procesionó con atuendo de gran sencillez por las conocidas circunstancias en que se encontraba la ciudad de Málaga (tan sólo con una mantilla de encajes en la cabeza rodeada con un simple halo circular con doce estrellas, y recogido al brazo un manto verde sin bordados), a partir de 1945 se iría operando progresivamente un cambio notorio, con un claro acercamiento y aceptación definitiva de la estética sevillana (a igual que el resto de las Dolorosas malagueñas), hasta alcanzar su máximo grado de elegancia en torno a la década de los años setenta, manteniendo ya tan cualificado nivel de ornamentación hasta nuestros días. Y todo ello gracias a un buen escogido grupo de "artistas" (vocablo en toda su acepción) que desde los años de la posguerra hasta hoy, han contribuido y siguen contribuyendo con su habilidad, duende y destreza a realzar la belleza de nuestra bendita y querida Virgen de la Esperanza, valorando positivamente al anónimo artista del siglo XVII que la labró y, sobre todo, contribuyendo con su "especial arte" a su mayor devoción. Es, por tanto, justo que se recuerde en estos momentos sus nombres por tan cualificado y a la vez trabajo de exorno en torno a la Esperanza Coronada. Son por orden de antigüedad, los siguientes: Antonio Bujalance, Lola Carrera de Gómez Raggio ("Nazareno Verde"), Manuel Mendoza Ordóñez, María Dolores Ruiz del Portal, Maria Isabel Cazenave Quero, Maria Isabel Castilla Farelo, y en la actualidad, Juan Francisco Leiva Aguilar.

Ahora bien, dentro del arte de "vestir a la Virgen", aunque todo el arreglo de su vestimenta es tarea difícil y complicada, lo es mucho más la realización del tocado que enmarca su rostro y constituye, según ya se ha mencionado, la prenda más complicada y peliaguda de colocar. Sin duda alguna, una de las más bellas descripciones que se han escrito sobre tan engorrosa labor de "vestir a la Virgen", ha salido de la grácil pluma del conocido "Nazareno Verde" que, por haber llevado sobre sus hombros durante muchos años tan responsable misión de "adecentar a la Señora, la Virgen de la Esperanza, para acompañar a su Hijo", no nos resistimos a exponerla aquí, sirviendo a la vez como justo y cariñoso homenaje a todos los malagueños (y fundamentalmente los cofrades en particular) al cada vez más numeroso grupo de "artistas vestidores" de nuestras Dolorosas que, con su paciente y amoroso trabajo, hermo sean y dignifican al máximo la religiosidad procesionista del pueblo de Málaga. Dice así:

"La imagen comienza a ser desnudada por las camareras hasta dejarla en "devanadera". Pero, jamás se verá el entramado de madera y lonas con lo que va compuesto este artilugio, ya que pegado a él lleva un forro de tela en forma de enagua, el cual nunca se desprende de la imagen. Solo en caso de restauraciones o arreglos especiales. Una vez colocada la camisa y enaguas, abrochados los botones, ajustados presillas y lazos, se le pondrá (siempre con alfileres), primero el pecherín o corpiño, luego los manguitos y después las mangas, para terminar con la falda y el cinturón, fajín (si es que lo lleva), o cinturilla. Hecho todo este arreglo vendrá el peinado. La cabellera suelta (el pelo llega a mitad de la espalda), es cepillada cuidadosamente, peinada con todo amor y esmero, para terminar haciéndole un moño bajo, sujeto con horquillas y envuelto en una fina redecilla para evitar que se caiga el rodete.
Cuando la Virgen está vestida, ya pueden entrar los hombres, el paso es libre y abierto el "stop" que existía mientras a la Señora la estaban poniendo más guapa todavía.
Hasta aquí, como podemos apreciar, cualquier persona puede vestir a la Virgen, pero es ahora después de esta ceremonia cuando viene la parte delicada y difícil, y lo que hará que esa imagen tenga personalidad y cierto sello maestro. "Hacer el tocado", el acto más trabajoso y responsable en cuanto a la vestimenta.
Muchas veces escucharemos decir "Quien viste a tal o cuál Virgen?. "Vestir a la Virgen", en el argot cofradiero, no es ponerle la saya o la ropa interior que eso cualquiera lo hace.
"Vestir a la Virgen" es saber ponerle el tocado, colocarle la toca y la corona, y hacerle bien los pliegues del manto. Ahí está la explicación del arreglo y ahí reside la gracia. La persona encargada de esta tarea empezará a luchar con quince o veinte metros de encajes, mantillas, puntillas de oro, alfileres,... Esta persona tiene que ir enmarcando el rostro de la Señora, "haciendo el pecho" de bullones, de rizos, cruzado... ¡la locura !
Solo el que viste a una Virgen sabe el trabajo que supone esta tarea.
Labor de paciencia el tocado de la Virgen. Letanía malagueña-andaluza que seguramente le hará sonreír a María allá en el cielo. La Virgen ya lista -con pañuelo y rosario en sus manos- solo espera ser llevada al trono en donde el manto, la toca y la corona le será puestos por la misma persona que hizo el tocado.
Cuando toda esta ceremonia ha terminado -y antes de su traslado al trono-, se le reza el rosario o alguna oración, y nadie de los allí presentes -nadie- se acordará al verla que la imagen es de "devanadera" forrada, o que lleva tantos o más alfileres, o que puede hacerse este o aquel apaño para ocultar algún defecto. La Señora está lista para acompañar a su Hijo por las calles de Málaga.
"

Así, la efigie de la Virgen de la Esperanza alcanza, como imagen procesional de devoción, su máximo realce artístico y, por tanto, su perfecta valoración iconográfica, en el momento en que "ya está lista para acompañar a su Hijo", es decir, cuando se dispone a recibir el solemne culto callejero por parte de sus cofrades esperancistas y por el pueblo malagueño en general, o lo que es lo mismo, el día grande y señalado de la procesión penitencial (noche del Jueves Santo y madrugada del Viernes Santo).

Es el día radiante en el que se nos presenta con mayor belleza y hermosura a la Virgen de la Esperanza. Nos la imaginamos, pues, rutilante y esplendorosa con su suntuosa corona imperial de oro, sensible símbolo de su realeza aún en medio de su dolor, ya que nos gusta contemplarla como Corredentora y Reina a la vez, coronada por el amor de sus hijos redimidos ("Reina y Señora de todo lo creado"). Y por debajo, cubriendo su cabeza y espaldas, la preciosa y delicada toda o mantilla de malla dorada, colocada sobre el monumental manto barroco de procesión en terciopelo verde, profusamente bordado por las artísticas manos de las religiosas adoratrices de Málaga, toda una "espléndida catarata de oro de ritmos ondulantes" para ensalzar a la más agraciada y sublime criatura, la Madre de Dios hecho hombre, la Virgen de la Esperanza, cuyo fino rostro se valora plásticamente con gran acierto con el complejo y barroquizante entramaje de su magnífico "tocado en pico", que cubre con virtuosísticos plegados de encajes gran parte del pecherín o corpiño, y en el que tan sólo aparece una significativa joya: un precioso alfiler de oro con el nombre de ESPERANZA y un ancla, atributo iconográfico de su concreta y a la vez consoladora advocación mariana. Igualmente sobre el cíngulo o fajín rojo anudado con exquisito gusto en su parte delantera y rematada en sus extremos por sendos borlones dorados, se sitúa una nueva muestra de orfebrería a modo de joya: un vistoso ancla en oro con el lema ERES NUESTRA ESPERANZA. Finalmente, la suntuosa saya blanca de tisú de plata, soberbia pieza de auténtico "bordado de realce" en seda y oro ejecutada en los talleres sevillanos de Esperanza Elena Caro, con su juego de mangas y cinturilla, cierra el capítulo del artístico atuendo procesional de la Virgen de la Esperanza, con cuya descripción aproximada completamos el estudio formal e iconográfico de tan popular imagen de la Semana Santa malagueña.

AGUSTIN CLAVIJO GARCÍA

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