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P R E G Ó N D E L A C O R O N A C I Ó N
Duerme en el ensueño nuestro,
María de Nazaret, de Belén, del Calvario. María de Málaga, María nuestra. Santo y seña para el sinfín de los días, bandera de los Nombres de Dios, concierto en si bemol de los recuerdos para cornetas y tambores, libro de vísperas y maitines de la saeta. Serena rosa de Andalucía: Dios te salve. Por los caminos del tiempo se ha parado la historia por su casa del alba, donde siempre está mayo de amanecida, entre marismos de la bahía y palabra de azahares. María de los mares del alma que nos atrae y no deja cada año la razón del consuelo. Y nos gusta su Nombre. Y nos gusta su Nombre porque se dice despacio, concluye y no se termina, se empieza y se va quedando: María de la Esperanza que, en su fiesta, en diciembre, nos sabe a primavera, y en primavera nos llegan con él rastros de Nochebuena y, ahora, en Junio, nos sabe a todos los días de todos los años de todos los siglos. Y nos gusta tu nombre, porque: El Nombre de la Esperanza Y se lo saben los paredones del río, las esquinas de la Alameda, la Plaza, las farolas antiguas y las farolas nuevas. Se lo saben las palomas del Parque, y los barquillos de canela, y los tiestos de los geranios y los jazmines de las biznagas. Así como se lo saben los botijos de la Rambla y los puentes y las coplas. Y los niños despiertos y los niños dormidos, y la sirena del Melillero, y las cortes celestiales de la guitarra. Lo mismo que se lo saben la noche y la madrugada y el incienso y las calimas, porque Dios habla a su manera por las cosas sencillas y cercanas. Y así, las viejas murallas de Málaga se lo sabían también. Pasaron y vivieron muchas cosas por Málaga y se lo aprendieron. Y se ha ido quedando en el hacer y el andar de esta tierra: en los visillos de organdí, en la cal antigua de las paredes claras, en las campanadas del reloj de la Catedral, en las pamelas y en los encajes de bolillos; y cuando hablan las viejas fotografías lo recuerdan también. Y se quedó por los cincuenta, y cien, y trescientos, y seiscientos mil malagueños, y por el uno, o el dos, o el que sea de los millones que vengan y vivan, se quedará. Porque Ella estará ahí, inamovible y eterna, mientras todo pasa y cambia menos su Nombre y su cobijo. Y cambiarán las computadoras y los ordenadores, y los complicadotes y los trastornadores; y los alienígenas y los mapas; y las teorías y las subteorías; y los secretarios y los subsecretarios y los supersecretarios. Y Ella estará ahí, siempre en su Esperanza, inconfundible, inalterable, imprescindible, aquí, en su Málaga, con nosotros, porque es nuestra Esperanza y nos gusta su Nombre. Dios del cielo: qué nombre para María, para esperar asidos a su manto, para dormirse por las serenidades de la única promesa válida, para todo tiempo detenido por los campos de la ilusión que no se termina. Reina la vida venidera, recado de vivir, oficio de la hechura de la Palabra, Señora de la Buena Noticia. Señor, Señor, qué nombre para María. Y, ahora que estamos todos, y Ella con nosotros, y se asoman los regueros de todas las primaveras suyas y nuestras, pasadas y futuras, desde el otro lado de la voz del silencio, aquí de las horas que no desesperan cuando en Ella esperan, me complace saludar a la Iglesia de Málaga, a autoridades, cofrades, amigos y malagueños de Málaga y por Málaga, y agradecerles su presencia cordial y entrañable. Quiero, así mismo, tener un fraternal recuerdo para nuestros hermanos del Cuerpo de Intendencia y, por supuesto, enviarle desde aquí un nuevo abrazo con mi agradecimiento a Carlos Ismael Álvarez, mi presentador, modélico donde los hubiere, perfecto en la forma, amigo en la intención. Y, por último, gracias a Málaga, a tanta Málaga, a toda Málaga, porque la Esperanza ha movido a Málaga entera, y ha movido a los suyos que son los nuestros, y ha movido a los otros que son los otros. A éstos, le dedico esta coplilla con mi agradecimiento por los servicios prestados: El oro en su cabeza Y cuando me lo dijeron, cuando me confiaron este Pregón, no les dí tiempo a terminar: dije que sí, probablemente porque las razones salieron empujándose y eran muchas y apresuradas, acaso porque no podía decir otra cosa, por Ella, por 45 años de nazareno, porque la ví por la calle Larios, de vuelta, viernes ya, el sol apuntando por los tejados, allá cerca del filo de los años treinta, de la mano de mis padres casados ante su altar de Santo Domingo, ay, ya hace muchos años, o muchos Jueves Santos, o mucha Esperanza. Porque unas manos cercanísimas la peinan cada año antes de su salida procesional, por la peinadora de la Virgen, pues, que me estará escuchando. Porque me sabe y nos sabe al idioma grande de Dios escrito por los claustros de la sangre y al murmullo suave de la vida rompiendo sobre las playas del ser de Málaga; porque sabe a siesta de agosto, y a terrenal enamorado, y a lluvia de mayo, y a terciopelo antiguo, y a vida de la vida, y al Amor de los Amores y al Dios de los Cielos. Y me gusta su Nombre. Dije que sí, porque ya van cuatro de mis nietos entre nosotros y vosotros, porque esto no se lo podía uno perder para hablar y no parar, porque no hay mas que poner en márchale corazón y salen los pulsos a borbotones, a suspiro calado, a desatada palabra, a pleno sol del lenguaje. Para hablar y no parar y decir del sentir, para el aire de los versos y de los rezos, porque entran escalofríos por los huesos del pensar, porque sí, por los nudos y los mundos de la aorta y los calambres del mirar; porque María de Málaga, de Belén, del Calvario, viene y se nos queda. Por 45 años, por 63 años, por un montón de siglos, porque sí, por malagueñas del Dios de la Salvación, por Santa María nuestra de Málaga, por todas nuestras vírgenes una a una hoy en la Esperanza, porque sí, por los vientos de su rosa, por los pasos del vivir, por los versos de su Nombre, por la noche despierta, por el mar y los montes y las playas, por nosotros, por el clamor, porque: Por las claras del alba Como un caleidoscopio desfilan y se agolpan ante mi los hilos y los cabos de la historia de la Esperanza. Ya, Isaías, cantaba: cielos enviad desde arriba vuestro rocío. Y San Ildefonso, sucesor de San Eugenio, confirmó este culto que, en el 656, y en el concilio de Toledo, se trasladó la fiesta al 18 de diciembre, y Gregorio XIII, lo aprobó y pasó este culto a Francia y a otros reinos cristianos. Antes, en tiempos del emperador Alejandro, sucesor del cruel Heliogábalo, allá por el siglo III, al mostrarse aquel muy favorable a los cristianos, los dejó en alguna libertad y los protegía en las ocasiones en las ocasiones que se presentaban y, siendo a la sazón papa San Calixto desde el año 222, se suscitó un curioso pleito entre los taberneros de Roma y los cristianos por un sitio, donde estos últimos solían reunirse para sus devociones, y donde los otros pretendían abrir una taberna. El emperador, que tuvo una buena salida, sentenció el litigio con estas lapidarias palabras: "mejor que en él sea adorado Dios sea como fuere". San Calixto levantó allí una iglesia en honor de la Esperanza de María, por ser este culto una constante y antigua tradición entre los fieles. Era, asimismo, una leyenda entre los cristianos que, cuando vino al mundo el Nazareno, había brotado en aquel sitio una copiosa fuente de aceite como anuncio de la venida del Ungido. Esta iglesia se llama hoy de Nuestra Señora de Transtibere. En Málaga, en el convento de Santo Domingo, a extramuros de la ciudad, entonces arrabal del Perchel, felizmente, unos malagueños, en 1641, se agruparon bajo la devoción de María de la Esperanza que, poco después, y para siempre, se uniría a la del Dulce Nombre de Jesús ya existente desde 1567, aunque Gregorio X, por bula de 12 de octubre de 1274, concedió a los dominicos el encargo de que promovieran en los reinos cristianos el culto del Dulce Nombre de Jesús. Esta es la historia, a grandes rasgos, porque la nuestra, la de alguno de nosotros -que lo sean por mucho tiempo- de nazarenos, de esperancistas, empieza un día en que Ella salió con palio y trono de azahar y romero, y Málaga, aquel Jueves Santo se puso bocabajo. Entonces se supo y supimos, y se sabe, que no eran los estandartes, ni los enseres, ni los equipos, ni el trono ni el palio ni el manto, ni la corona, sino que era María Nuestra Malagueña de Málaga, y punto. Y punto del Dios de los cielos infinitos. Entre las gentes apiñadas en las aceras, como nunca esperando, se oía una frase repetida y alborozada: es la Esperanza, es la Esperanza. Y era la Esperanza que volvía. Señor, Señor, volvía con su Nombre y su presencia consoladora. Y se anudan y se aprietan los lazos del recuerdo y las juntas de la respiración, porque han sido muchos años y muchos recuerdos. Y nos gusta su Nombre. Dios te salve Perchelera, reina eres de Málaga, el Nazareno del Paso es contigo, aplaudida Tú eres entre todas la vírgenes y bendita la hora en que viniste a Málaga. Santa Esperanza, Madre de la Salvación, ruega por nosotros tus malagueños y cúbrenos con tu manto ahora y siempre y hasta el fin de los siglos. Sí, es mucho camino y se apura el alma, y se desencuadernan los papeles del razonar y sólo quedan los alientos del corazón creyendo firmemente en el significado de esa liturgia a cielo raso, bajo la más grande catedral del orbe, bajo las estrellas, como en Jerusalén, o en Getsemaní, o en Tiberiades. En ese trasvase se lo de dentro y lo de afuera, entre unos hechos cotidianos que acaban en lo extraordinario de puro simples, de elementalmente humanos porque dan sentido al vivir; en el estallido de un pueblo que se siente cercano a María con ese Nombre que acaricia los pasos y los miedos del Hombre, que la entiende con esa palabra: Esperanza. Y a Dios rogando y con María andando.
Recuerdo esos 18 de todos los diciembres en la fiesta de la Virgen, en su capilla iluminada de Santo Domingo, entro el derroche oracional de la cera y la presencia emocionada del romero. Y ahí está la Esperanza, mientras la cera arde lentamente. A veces, parece que la llama respira, tiembla un instante, da un latido, apunta a la bóveda y se queda pintada en el aire, la cera reza despacio: los claveles quietos; la luz, molida en oraciones, se disuelve en el incienso, lo entraña. Se adivinan compases y clamores por las lejanas colinas de la primavera. Se despierta un rumor de terciopelo, familiar, casi amanecido, imaginario todavía, mientras la cera arde lentamente. Y ahí está María. Dios fluye, mana dulcemente desde el fondo marinero de su presencia, recoge distancias siderales, dice y hace, se vuelve, encuentra el sitio de su sitio, apaga el Cosmos y lo enciende en una Virgen. Los cielos inventan saetasestrellas y lucerosvillancicos, escriben caricias a los niños, redactan vidas a los hombres, llueven hilos de alondra llenos de júbilo. La cera arde lentamente en la capilla. Ella la oye como un avemaría incendiado. Su Nombre entiende el pausado fuego: verde y morado, romero y cera, la luz que viene. María que espera por los días que dan en Dios. Y ahí está la Esperanza. Esperanza Nuestra: María de los relojes parados por el eterno reguero de Dios, por los vientos chicos de levante que vienen del Palo y pasan por la farola, desde Gibralfaro al Río, desde la Victoria a Capuchinos, desde el Bulto a la Trinidad, desde las uvas al mar con soleras de lo añejo del vino de la consagración. María de los marineros de su galeón dorado, donde cabemos todos y sobra mucho sitio. María andaluza de la Jerusalén de Málaga, María de los martinetes, de las seguiriyas, María de los jaberas del sueño. María flamenca, Morena de los olivos, María de los ramos de flores haciendo claveles verdes sobre claveles morados. María de los campanarios y de los santuarios, recado de la alegría, oficio de la espera, María de Málaga, María Nuestra. Y nos gusta su nombre porque nos trae lo dulce de Jesús en una cinta de raso morado y verde, verde y morado para las solapas del alma. Y ahí está la Esperanza. Rendida está la muerte, y tan segura Un día, hace años, la peinadora de la Virgen me dijo que la recociera allí -unos ya ha aprendido a estar donde le dice quien puede-; y acudí a la hora, y me encontré con María en medio de la antigua sala de juntas, en Santo Domingo. Acababa de peinarla, y allí estaba Ella, entre sus camareras, pisando el mismo suelo que yo pisaba, frente a frente, sólo tenía su saya blanca y la cabeza descubierta, peinada con el pelo recogido, a la andaluza, como la peinadora suele peinarse. Soy persona que trato de ser lo más racional posible, diría que lo intento en cada ocasión, pero no puede reprimirán estremecimiento. María estaba allí como lo que es, lo que fue y lo que seguirá siendo: una mujer joven, guapa y serena, con cierta heterodoxia pensé en aquel momento que le sobraban las lágrimas. Yo se que aquel rostro es una talla de madera, como sus manos, sobre un maniquí que sostiene el vestido, lo sabía y lo sé, pero no pude evitar que el corazón se volviera del revés -imagino lo que sentiría nuestro Francisco Sánchez Segarra cuando logró rescatarla del fuego inminente en los sucesos del 31- y noté como un vuelo de golondrinas por los rincones del alma, sentí como un privilegio verla como de andar por casa, entre su familia, y un escritor de versos -lo de poeta es siempre cuestión opinable como decía Jorge Guillén- no podía, luego, evitar lo inevitable. Y escribí el poema; guardado entre mis cosas entrañables, aún sin editar, creo que es el momento de leerlo en público, y dice así: ENSAYO PARA LAS MIL Y QUINIENTAS O LA PEINADORA DE LA VIRGEN A mi mujer Despacio se aviene el humo Ah distancias cercanas, diluvios, peinados Y no creas en la soledad, no Adiós amor, te vayas o te quedes, te roce No creas en las cosas que salen del abismo, ni Y díselo a los nuestros" Y estamos a Jueves Santo, A la puerta de sus sueños, de sus pasos y señales, anclada Málaga entera y el tiempo en cuarto menguante, y el tiempo que no es tiempo sino su cielo rasante. Clamor de todos los años por lo vivo de la sangre. Milagro de andar por Málaga un Cantar de los Cantares. Imaginarias de seda por las brisas del buen aire. Ángeles puestos de largo por los palacios del cante. Pasos del Perchel despierto. Con tercios de soleares va saliendo un transatlántico de la marina divina de los puntos cardinales, ni el Titanic ni el Queen Mary, sino de toda la hondura de los santos arsenales. Clarines color de luna, tambores capitulares. Saeteros de la gloria por Jesús y por su Madre. María de Málaga nuestra, capitana de su nave: remeros de la Coracha con cuatro mil años largos por un sinfín de varales. Cirios y brisas, suspiros, bordados, flores y encajes. Parada y fonda del alma, María mueve a sus calles, María del Jueves suyo, Jueves de Dios, Jueves grande porque: Esa noche es nochesuya Y cuando pasen lista los ángeles de la guardia del filo de la media noche, estaremos todos. Unos desde más allá de las campanas, por los volantes del raso de la flor del recuerdo, sobre las camas de la luz, en el ámbito que arropa a los pájaros. Otros, de banda en banda, por la Alameda, esperando. Y así, se cumplirá el clamor. Y los naranjos que ya lo habían anunciado. Que lo venían diciendo hacía días, se ponen a las órdenes de Dios, se paran en el azahar, y lo derraman. Y el calofrío amante de la madrugada pondrá altares de murmullos inexplicables para decir la noche. Algo no visible empieza a subir desde no se sabe qué mundos. Mientras, un asombro de luces, marineros en almas, en andas llevado, asoma por el puente y enfila los viejos árboles de la Alameda hacia la bocana del Puerto, donde la farola adivina y oye cada año los surtidores del latido de Málaga. Y ahí está la Esperanza. Cuanta andadura Señor. La eternidad se siente pegada al cuerpo como una camisa mojada. El capirote se asienta sobre la frente; bajo él, este mundo va a otro mundo, se mira desde otro mundo, y resulta otro, y otro jueves, o todos los jueves juntos de todos los siglos reunidos. Y todas las cuentas de la fe ajustadas por María generosamente, y las estrellas titilando en su lenguaje azul marino, sin peso y sin mesura, las señales del esperar por las lunas de la primavera. Y viene la Esperanza: los sonidos a decibelios lentos entre el cuerpo asombrado del éter, las distancias medidas en milímetros, las ondas hertzianas transmitiendo telegramas: verde y morado, morado y verde, a los sitios de una física lírica, los radiotelegrafistas desconcertados, los astrónomos tomando, los astrónomos tomando aires del mar de las tulipas, la ecuación de Einstein que se ha escapado por los signos del zodíaco borracha de martinetes y seguiriyas. Y ahí está la Esperanza. Y se pasa lista y estamos todos, los siglos de por medio quemando la inutilidad de los calendarios y los relojes marcando las cien mil horas de la noche, las nunca horas y las todas. Y: pisa Morena el romero que es noche de Jueves Santo, Niña de Nazaret, del Jerusalén de los Percheles y del viento chico de levante. El Guadalmedina seco y Málaga inundándose, de banda en banda, rotos los paredones del alma. Despacio y ola de luz, templo itinerante, al paso de la Verdad, viene la Esperanza. Señor, cuanta Málaga. La torre de Fonseca al fondo, las Atarazanas, la muralla, la puerta de Granada, la calle Real, San Agustín, la Catedral de la Encarnación, la Puerta del Mar. El mar por la Alameda esperando tierras por la bahía de la ensoñación. La Málaga eterna: boquerones del alba, las uvas moscateles, la tarde en la noche, el aire por los aires, la Esperanza esperando los puentes sobre el río. Señor, cuanta Málaga. Y el gran nombre desde María, desde tantos avisos entrañables, la noche en su reino de insomnios felices, en su planetario cercano, en su vocación luminosa, concierto para un incendio de la Palabra, andante de flores, scherzo minucioso de los pasos del cielo en una interminable partitura de Málaga. María de la Esperanza, qué Nombre para ponerle caminos y perfumes, domingos y balcones, altavoces y alfombras, recuerdos y recuerdos. Y, con Ella, Málaga; y Málaga de banda en banda: los cielos asomados, de puntillas, como enamorados, por la Alameda: ya hay Alameda. Larios luego: ya hay calle Larios. Carretería sin muralla, después. Y María que llega siempre a su Jueves y no se va nunca, y vuelve y se queda. Ahí viene la Esperanza. Y quién pone orden aquí. Los rezos alborotados, emocionados los versos en un regimiento de siglos, al ataque de Dios, a suspiro limpio. Cuál es el orden, donde estamos, qué crece hasta el infinito. Cuál es el orden y el andar, dónde se ha parado la procesión, dónde estamos, qué siglo es éste, qué Málaga llevamos puesta en el corazón, dónde pasa y se congrega. A qué no tiempo estamos, cuál es el desorden. Los niños recorriendo lágrimas de cera, los botijos de mano en mano, el romero por las solapas, por los bolsillos, por los ojales, por los calvarios y los pasillos del correr de sangre. Y estamos todos desde siempre, y no falta nadie, y los limones cascarúos, y las barcas de los garbanzos tostados con sus chimeneas antiguas, y los trenes suburbanos, y los tranvías amarillos por la calle Granada, y los pitidos del Martinete. Y estamos todos, y está todo. Y está la Esperanza. Y dónde está la procesión; los cirios de un infinito de aceras y cornisas, las golondrinas y los balcones y los cierros. La Alameda de banda en banda. Dónde termina y empieza Málaga; y la procesión, y las cornetas y los tambores. Hasta dónde llega este mar océano, hasta qué galaxias. A la vuelta del pueblo se amarra a los remos invisibles del galeón dorado, nosotros, el pueblo, todos, no falta nadie. Se pasa lista de nuevo y aquí están todos, vivos y muertos, y el pueblo rema con alma y vida en galeras de ensueño. Y Málaga se para y se levanta, y se pone flamenca la madrugada por jabegotes, por verdiales, abandonaos los cirios y las señas. Ahí está la Esperanza. Las calles que saben teología y apologética y metafísica. María arriba, María por el romero, noche la del Jueves Santo. Santa María de Málaga, de la Málaga nuestra, del tiempo de todos los años. Y quién pone orden aquí, cuáles son los nazarenos, ya las nazarenas, y los nazarenitos. Por dónde va la procesión, quién era yo antes de venir a este clamoroso milagro, por dónde va la procesión, cuántos van en ella que yo lo sé y no puedo contarlos: ésto es un lío divino y arcangélico. Las esquinas poniéndose de perfil para María, las farolas bajando los regueros de la luz. Un Moisés redivivo que abre un mar verde y morado para María. Y María guapa, María de Málaga. Que llega la Esperanza. Y el Cristo de la Buena Muerte que asoma por Ordoñez, y en el clamor, y las ventanas de la música de Málaga de par en par, y la gente que se arremolina y le entra la bulla, y se suben en las sillas, y en los sitios, y en los corazones, y faltan sitios y sobran corazones, y sobran las palabras porque es tiempo de lágrimas apretadas. Y los árboles que se achaparran, y los turistas de a pieza y media gastando carretes y los taxistas insomnes, y los automóviles parados: Dios, los automóviles quietos. Y a Superman que le entran palpitaciones, y el Mercado Común tomando papillas lacteadas, y el Mediterráneo meciendo naves de Tarsis. Y quién pone orden aquí, dónde y cuál es el orden que se debiera. Dónde se aprenden estas cosas, o éste es el orden de Dios. Y el pueblo impone su procesión. Y la vuelta del Moreno en la tribuna, y la bendición, y el clamor que no ha parado se desata. Oiga, esto es calle Larios, verdad. Y la gente que se tira a la calzada y se arracima, y anda y desanda. Dios, qué procesión es esta, por dónde vamos, qué hora es, dónde se ha metido el tiempo que se acaba, vuelve y no discurre. Y María detrás, las flores piropeándola con una lluvia de pétalos. Ahí está la Esperanza. Y a la vuelta de la esquina de Méndez Núñez con la de Granada. Arriba con el trono, arriba con la Esperanza. Y la gente a verlo, y a vivirlo, y Málaga se pone de lujo y se pone a estar donde estuvo. Y la cera aquí y allá, arriba y abajo, todos con Ella. Y los mayordomos por las esquinas del trono, y por los penitentes, y por la bulla, y por la gente, y la gente por medio de su procesión, y los ángeles por los arbotantes, y la luz, y los veleros de María pensando y transmitiendo Jueves Mayor del año. Y ahí está María. Y calle Carretería, y más gente, y más bulla. Y la Tribuna de los Pobres. Dianas floreadas vienen por el Guadalmedina y bajan desde los Montes. Y se mete por los oídos un rumor de arrabales antiguos: Noctiluca, la isla de Arriarán, la bahía de los paredones del alma, por los cauces de las torrenteras. Los copos de la aurora bogando desde la farola a Santo Domingo, la Bahía cantando cosas de Málaga, perfiles de luna, sueños de niños, campanillas de cielo, coplas de aire enamorado. Y dónde está la procesión: esta es la procesión, es que esta es la procesión, es que Málaga es la procesión, y esa noche Málaga no termina ni empieza. Málaga de banda en banda. Y qué hora será si es que hay alguna, deben de haber dado las mil y quinientas: los relojes como locos, las velas haciendo rosarios de parafina, los niños desvelados, los perros asustados, los gatos por las tejas de los tejados, los tejeringos a marchas forzadas, los chupa-chups de penitentes, los campanilleros tocando a Mozart y a Falla y a Granados. Ahí está la Esperanza. Y a casa que suenan los timbres de la mañana, el azul que se va poniendo violeta. El duende de la madrugada que se despereza y se restriega los ojos preguntando: y aquí qué pasa, por qué no me llamaron antes. El verde y el morado del brazo por la calle. Dios, dónde está la procesión que no acaba ni empieza. Arriba María: ahora empujan más los corazones que los hombros. Arriba niña de Nazaret, de Jerusalén, de Málaga. La bulla, la gente, las saetas. El cielo bocabajo. Málaga, Málaga, Málaga ahí, a la puerta, las campanillas, la Marcha Real, los ángeles preguntando por la salida, por la entrada, por los sitios, porque sí, porque María. Y guapa, guapa, guapa. Y Málaga con su Esperanza. La Málaga nuestra, la Málaga niña, la Málaga eterna: el acabóse. Vamos a coronar a una mujer hebrea como mandan los cánones, joven, morena y guapa: casi una niña. De celestial destino, feliz en la Resurrección, siempre en la gran Esperanza. De profesión, Reina del Amor Hermoso. Doctora honoris causa por la universidad de la Semana Santa de Málaga. Madre de Jesús llamado el Nazareno, con domicilio en esta su "Sombra del Paraíso", barrio del Perchel, y carnet de identidad número uno del Espíritu Santo que, un día, hace dos mil años, dijo: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". El bueno de Gabriel le llevó el recado y no necesitó dar muchas explicaciones porque estaba cantado en la gran sinfonía de la Esperanza y lo estaba en el corazón de María. Y se volvieron del revés la magia y los sortilegios. Cambió la vida y la muerte, la filosofía y la ontología, el vivir y el sobrevivir, el amor y la ventura, el dolor y la fiebre. Nunca como entonces cambió la razón y el razonar, la primavera y la noche, la siesta y los madrugones, el pan y el vino, la realeza y las rosas: no es igual el universo mundo desde entonces. Cambio de palabras, las condenas y las cadenas, las sombras y las luces. Gabriel lo cuenta en sus ratos libres -lo cuenta y no para- a los ángeles pequeños, a las aguas bautismales y a las claras del día. Y lo cuenta a los atletas solitarios, a los césares arrepentidos, a los fariseos inquietos y a los magnates resignados. Porque Ella supo de Jesús más que nadie: lo llevó en su seno, lo parió, lo amamantó, lo meció para acunarle el sueño, le cantó las nanas en arameo, lo enseñó a andar, lo besó y esperó en El y, un día, lo recogió en el Gólgota, bajo la cruz, como a un niño otra vez en su regazo de madre, ya para siempre, porque nunca más volverán a quitárselo, porque ya era suyo otra vez sin condiciones y, por ello, nuestro sin límites. Y Ella lo envolvió en el Nombre que llevaba, siempre suyo, siempre conservado, siempre en la Esperanza, porque: Mira tiene el camino Vamos a coronarla porque es Santa María de las Paciencias Infinitas esas que van desde su sueñote Madre a su destino de Reina y Señora nuestra, andando en la ternura y el silencio, desde el gozo a la distancia, desde la distancia a la muerte, desde la muerte a la vida. Y ese Tránsito pasa por María, como los ángeles por su Nombre, nosotros por su recuerdo, y el camino de la vida por la palabra que distingue a los suyos: Esperanza. Vamos a coronarla porque los caminos del Altísimo son un apasionante misterio de latidos y respiraciones, de pasos y de llamadas. Y cada cual tiene el suyo así como nosotros tenemos el de la Esperanza, porque ese Nombre, y lo que es y significa y bajo el cual salimos con María, después y siempre, nos sigue sonando por los resquicios del corazón que escucha; y se nos queda un fondo inmemorial, entrañable, cierto y permanente, de rumores de bambalinas, de incienso, de veleros y luminarias y compases y clarines. Y en ese y con ese interminable auxilio de una noche la entendemos y la queremos, nos habla y nos convoca. Y la seguimos. Y así nos mueve el sentir de la espera, y nos sostiene y nos traduce la fe; nos explica cada Jueves Santo las señales de la bienaventuranza, nos restaña las heridas del camino, nos devuelve el sentido de la misericordia al paso lento de su trono, con el color del campo en primavera, al filo del piropo en la ternura, entre el clamor de un pueblo, con una nación de candelerías fidelísimas, a paso de rosario y letanía, con el ritmo andaluz de las carretas, con aire de yunque y de martillo, a paso de Tartessos y canto gregoriano. Y: No llores más Esperanza, Y no digamos nunca: no tengo tiempo. El tiempo es una entelequia para aficionados que se vende en los baratillos de la vida. Nosotros tenemos Esperanza, y eso ni se compra ni se vende: eso lo regala María con flores del naranjo en el lazo del obsequio, porque Ella es catedrática -por aclamación arcangélica- de matemáticas superiores de un día sin final donde algo suyo más algo nuestro es igual a lo Eterno. Es decir: yo me cojo a los flecos de su manto y Ella me sujeta las manos por los pasillos de las oscuridades. Vamos a coronarla porque, ahora muy respetuosamente, con talante oracional, viajeros por el túnel intemporal de la Esperanza, podríamos añadir algo a los hechos del Evangelio de la Epifanía; y si los Magos de Oriente llevaron al niño -la redundancia en este caso es obligada- le traemos una corona a su madre, porque ésta no es tierra de protestantes ni de moros, sino que es la tierra de María Santísima, y lleva la Esperanza 341 años paseándose gloriosamente por las calles de Málaga. Es, al fin, una cuestión de señorío popular de este pueblo nuestro para una Nazarena del Perchel, inigualable Reina y Gran Señora, porque ser malagueño es, además de una naturaleza, que eso le puede pasar a cualquiera, una vocación de asumirlo, ejercerlo, sentirlo y hasta parecerlo. Vamos a coronarla porque desde Belén al Calvario hubo un camino donde María estuvo como un faro del puerto de la Verdad que es el puerto de la alegría. Porque mientras Jesús yacía en su sueño de vida, fue una y toda la Iglesia visible y posible. Y allí estaba la Historia esperando la nueva orden de marcha para los pasos del Hombre y para Málaga, porque ya era de María de Málaga por los tiempos absolutos, por ser María Nuestra. Vamos a coronarla porque desde Belén al Calvario hubo un camino donde ya tuvo sentido la vida perdurable y fue posible escribir Amor con mayúscula, por la calma del sueño cuando Ella esté, porque aunque algunos les parezca poco conmemorable, acaso por desmemoriados, sigue siendo la Inmaculada Concepción. Porque lavaba y tendía en el romero mientras los pajarillos cantaban, y vuelven y no paran de beber los peces en el río. Porque las almas ya no cupieron en sus cuerpos y echaron a volar como mariposas enamoradas de la Luz, porque al encenderse esa luz, un día, abriremos los ojos y estaremos todos. Por la luz que nunca se apaga. Porque volvieran las oscuras golondrinas, aquellas que aprendieron nuestros nombres, aquellas volverán, volverán sin faltar ni una sola. Porque hay como caracolas de olor por que ese Nombre de María bien vale una corona. Porque, al fín, nos da la Real Archicofradiera, nazarena y esperanzadísima gana. Porque, además: Desde Belén al Calvario JOSE RUIZ SANCHEZ - 11 DE JUNIO DE 1988 -
TEATRO CERVANTES DE MALAGA |
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