E R A    C O M O    U N    J U E V E S    S A N T O

Había muchas diferencias, era una hora distinta, faltaban algunos detalles, pero en el fondo era como un Jueves Santo.

La primera diferencia era horaria y de calendario: la Virgen de la Esperanza salía a la calle a las cinco y media de una tarde calurosa de un mes de Junio. Pero todavía era primavera. El sol daba con fuerza en la fachada del recién inaugurado templo y en la enorme puerta verde que se abría para dar paso al trono, reluciente y espléndido. La Virgen salía a la calle para recibir un homenaje insólito en la centenaria vida de la Archicofradía. Muchos años de gestiones insistentes iban a tener su culminación en una tarde de un día dieciocho. Tres años y medio después, de aquel 18 de diciembre de 1984 en que se colocó la primera piedra del templo, la Virgen de la Esperanza iba a ser coronada por el amor de sus cofrades. El pueblo de Málaga iba a ser testigo. No era Jueves Santo, pero casi podía parecerlo.

Claro está que faltaban algunos detalles. Faltaba por ejemplo, la imagen del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso caminando delante del trono de su Madre. Pero Jesús estaba en la iglesia, en la nueva iglesia, contento de ver como se honraba a María, cómo María dejaba que la veneraran, que la piropeaban, que la coronaran. Se quedó solo pero en todos los que iban con la Virgen estaban de corazón con el Hijo, que sabía que podía dejar a su Madre en la compañía de tantos hermanos entusiastas.

Faltaba también la noche. Esa noche habitual de los Jueves Santo, con su romero extendido por las calles y los penitentes alumbrando con sus grandes cirios el recorrido procesional. Y sin embargo después de la Coronación se recuperó la noche, y el largo camino de Uncibay, de Tejón y Rodríguez, de Carretería, de Mármoles y de Armengual de la Mota volvió a tener su horario de Jueves Santo. La Virgen volvía a ser aclamada en Carretería, y en la que suele llamarse Tribuna de los Pobres el entusiasmo y el cariño batían todas las marcas. Porque esa tribuna estaba increíblemente abarrotada de gentes ricas, ricas en amor, en devoción, en entrega generosa. Era como un Jueves Santo, pero diferente. Se bailaban malagueñas, se recitaban poesías, se inventaban piropos nuevos. Era como un Jueves Santo alegre, un Jueves Santo que hubiera olvidado por unas horas que después venía la tristeza del Viernes, con la muerte del Hijo y el dolor de la Madre. Era como un Jueves Santo sin más objeto que la alegría de una Madre gozosa y gloriosamente ensalzada.

Había otras diferencias. En un Jueves Santo normal, de los de siempre, de los de todos los años, la calle se llena de hombres y mujeres con túnicas, con capirotes, con estandartes, con guiones, con mazas, con bocinas, con faroles, con bastones y con cíngulos. De hombres y mujeres con terciopelos morados o verdes que van en procesión de penitencia. Todos son cofrades de una sola Cofradía. Pero en este Jueves Santo que no fue jueves, se consagró algo que ya se ha escrito alguna vez. Que hay una verdad incontestable en la Semana Santa de Málaga: que cada malagueño tiene dos cofradías en su corazón. La suya y la Esperanza. Esto puede parecer una exageración, pero en el fondo, quizá en el subconsciente de cada entusiasta de nuestra gran Semana, es una realidad. Los malagueños saben que no hay más que una Virgen, con distintas advocaciones, a cual más bella y más querida. Pero en el corazón de toda Málaga siempre hay un hueco para la Esperanza. Por eso, en la tarde gloriosa de la Coronación allí estaban todos. Con sus guiones, con sus medallas, con su padrinazgo, rodeando a la Virgen con su presencia y su cariño. Todos los cofrades de la ciudad representados por su Presidente, ayudaron a la iglesia representada por el Nuncio de Su Santidad, a coronar la imagen de María, en un acto que simbolizaba la estrecha Hermandad de lo jerárquico y de lo popular, de la Iglesia oficial y de la Iglesia real, de la unión sin fisuras del pueblo de Dios en el amor a la Madre de la Esperanza.

Era como un Jueves Santo. La diferencia estaba en que no había orden de procesión, ni mayordomos ni jefes ni secciones. Del rito tradicional solo quedaban los campanilleros que alegraban el aire de la noche con su incesante repique. Los demás íbamos todos juntos en grupo, casi en masa, impidiendo a veces, en nuestro afán de estar cerca de la Virgen, el paso del trono. Un trono llevado a hombros con esfuerzo, con coraje y con el mismo magnífico cansancio de todos los Jueves Santos. Era aquello una explosión de alegría, de entusiasmo de devoción expresada en ese estilo nuestro que algunos no comprenden y que la Virgen sí que es seguro que entiende con claridad. Era como un Jueves Santo, a pesar de las diferencias de hora, de ambiente y de alegría.

Ya en la madrugada, mientras en la explanada de delante de la iglesia seguían los aplausos, los gritos de cariño y los piropos del más puro sentimiento, la Virgen en su trono reluciente, con su corona recién estrenada volvía a quedarse en su Perchel de siempre, junto a su Hijo. Se había vivido un día glorioso, un día mucho tiempo esperado, un día que era, de verdad, como un Jueves Santo.

FRANCISCO RUIZ TIÓ (+)
(Artículo publicado en la
Revista "La Saeta" de 1989)

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